Puerta

Hamudi, el antiguo jefe de bandidos, y un joven llamado Dahum, al que Lawrence había preparado como fotógrafo, le visitaron en Inglaterra. Oxford les encantó, en especial el deporte del ciclismo, que desconocían. Emplearon bicicletas de mujer, a causa de la longitud de sus vestidos y se vieron en apuros por el entusiasmo y el placer con que dieron vueltas y más vueltas alrededor del policía apostado en el centro de «Carfax», la principal encrucijada de la ciudad. Durmieron en el jardín. Su única contrariedad fue no poder llevarse los grifos de agua caliente. Lawrence no conseguía hacerles entender que no funcionarían en una aldea siria de adobe como en el número 2 de Polstead Road, de Oxford. Y se pasmaron en los retretes públicos acariciando los azulejos blancos, «los hermosos, hermosos ladrillos». Entre las mujeres que Lawrence más ha respetado figuró la difunta Gertrude Bell, uno de los grandes exploradores británicos de Arabia en fecha anterior a lo que relatamos. (Entre ellos, sea dicho como inciso, incluye a Palgrave, Doughty y los Blunt, pero no a Sir Richard Burton, quien, opina, no lo hizo con desinterés, escribió en estilo tan difícil que resulta ilegible y fue pretencioso y vulgar. Habla con elogio de los viajeros, no ingleses, Burckhardt y Niebuhr). Gertrude Bell estuvo en el campamento de Karkemish una mañana del año 1911. Como la noticia de su llegada la había precedido, la aldea estaba muy excitada. Entonces sólo había tres británicos en las excavaciones: el doctor Hogarth que estaba casado, el señor Campbell-Thomson que, era del dominio público, estaba comprometido, y Lawrence, que llevaba el cinturón rojo adornado con borlas sobre su pantalón blanco y corto, símbolo del celibato en aquellos parajes. Los obreros decidieron que Gertrude Bell aparecía para casarse con Lawrence y prepararon una fiesta. Por consiguiente, cuando la viajera se despidió aquella misma tarde, se levantó un gran clamor. Pensóse que había rechazado a Lawrence, insultando con ello a la aldea. El joven logró al fin tranquilizarles con una mentira eficaz, aunque nada galante, antes de que volasen las piedras y Gertrude Bell, a quien aquella demostración había intrigado, no supo la verdad sino algunos años después por boca de Hogarth. El episodio la divirtió mucho. En Karkemish, había dos estaciones de excavación: entre junio y septiembre, la cosecha local reclamaba a los trabajadores, y entre noviembre y marzo, llovía, nevaba y el Eufrates desbordado convertía en pantanos las tierras bajas. Durante los ocios obligatorios, Lawrence no solía regresar a Inglaterra; prefería vagabundear por Siria y el Próximo Oriente estudiando antigüedades, aprendiendo el árabe y poniéndose en contacto con los miembros de las distintas sociedades que aspiraban a la libertad arábiga, de las cuales se hablará en el próximo capítulo. Había empezado ya a dar los pasos para que se cumpliese su ambición escolar de colaborar en la rebelión de Arabia. Sin embargo, su objetivo inmediato era reunir información y escribir una historia de las cruzadas, otra obra que no ha podido redactar por falta del tiempo. No obstante, completó un libro de viajes titulado Las siete columnas de la sabiduría, cuyo manuscrito destruyó más tarde, sobre siete ciudades típicas de Próximo Oriente: El Cairo, Esmirna, Constantinopla, Beyrut, Alepo, Damasco y Medina. Estudiaba, entre otras cosas, la política mundial. Percibió que podía tener dañinas consecuencias la alianza de los turcos y los alemanes. El ferrocarril entre Constantinopla y Bagdad formaba parte de una trama de Alemania para establecer un imperio oriental con Turquía como coaligada. Ya se había entrevistado con lord Kitchener para señalarle el peligro de que los alemanes controlasen el puerto de Alejandreta, en el recodo de Asia Menor y Siria; pero Kitchener le respondió que estaba enterado de ello. Había avisado repetidas veces al Foreign Office de las complicaciones que se suscitarían —los franceses también aspiraban a dominar Siria —; mas la política pacifista de Sir Edward Grey tenía vara alta. Las últimas palabras de Kitchener a Lawrence fueron que, en el plazo de tres años, habría una guerra internacional y haría olvidar aquel asunto menor con uno mayor. —Apresúrese, joven, y excave antes de que llueva. Se ha afirmado que Lawrence llamó la atención pública europea sobre la amenaza, disimulada, a la paz mundial que representaba la construcción del ferrocarril entre Berlín y Bagdad, de la manera siguiente: cargó partes de tuberías de desagüe en mulas y las condujo de noche a las colinas que dominaban el puente. Las montó en cúmulos de arena para que parecieran cañones. Los alemanes, como esperaba, le observaron con gemelos, se preocuparon y telegrafiaron a Berlín y Constantinopla que los ingleses fortificaban las colinas. Y la prensa de Europa se acaloró durante días. No hay una palabra de verdad en este cuento de historieta ilustrada, ante todo porque Lawrence no dispuso de cañerías de desagüe. Siguen unos extractos de cartas que Lawrence escribió en Karkemish. La data del primero es septiembre de 1912: «Hoy termina el Ramadán, y entran y salen del patio disparando revólveres, y trayéndome bocados del banquete que celebran en el pueblo. Tengo doce láminas de pan, envolviendo maíz tostado, y abundancia de uva y cohombros. Pero todavía no hablo en árabe. ”Hay un indumento espléndido llamado «de los siete reyes», con largas listas paralelas de colores vivísimos, que bajan del cuello al tobillo. Encima se ponen una chaquetilla azul, de puños vueltos de forma que muestran el forro de un colorado mate; se ciñen con un cinto de trece borlas multicolores, y en la cabeza llevan un pañuelo de seda de Hamat, negro y plata, que sujetan a las sienes con un cordón negro de pelo de cabra. Sólo falta agregar un chaleco de seda, recamado en oro, y debajo una especie de túnica blanca, para tener una idea de la vestimenta masculina (me olvidaba de los calcetines kurdos, tejidos a mano con nueve colores elementales, y el calzado encarnado), y hay noventa y nueve, todos distintos, comiendo un cordero frente a la puerta.