Popular

Pero habría sido un dislate esperar que quien tiene cualidades que resplandecen en los tiempos difíciles las refrene en los apacibles. Se fue dejando que los árabes administrasen la libertad que les había dado, libertad no entorpecida por su gobierno, que, si bien justo y sagaz, habría sido el de un extranjero. Hubiera sido una contradicción que él, que tanto había penado por liberarlos, les hubiese sometido a su férula. A menudo tiene el defecto de ser demasiado cuerdo. Travesea a veces, pero nunca se porta «erráticamente»; nada hace sin apoyarlo en motivos sólidos, aun a costa de desilusionar a la gente. Lawrence no fue errático al enrolarse como soldado de aviación en 1922. Cuando lo supe, no me sorprendió: uno aprende a no sorprenderse de lo que Lawrence hace. Mi único comentario fue «Sabe lo que desea», y ahora compruebo que es lo más honorable que pudo llevar a cabo. Fue, además, algo que había decidido ya en 1919 y había insinuado al mariscal del Aire Geoffrey Salmond, antes de la firma del armisticio; pero no lo cumplió hasta que Winston Churchill hubo concedido a los árabes lo que él consideró un trato justo. Entonces se sintió libre para cumplir su voluntad. La política fue responsable de los tres años de retraso. Puede decirse, cuando menos y cuando más, de Lawrence que es un hombre bueno. Este «bueno» lo entiende incluso un niño o un salvaje o una persona ingenua, algo que se siente al verle, la sensación de «he aquí un hombre de grandes facultades, uno que podría conseguir que los más de sus semejantes hicieran por él lo que desease; pero un hombre que jamás usará sus facultades por respeto a la libertad personal ajena». Las propuestas populares hechas últimamente para utilizar su talento o genio han sido tan numerosas y variadas como ridículas. El público siente por él un interés que limita casi con la noción de propiedad; pero nadie posee, ni poseerá, a Lawrence. No es un Niágara mostrenco destinable a fines políticos o comerciales. ¿Un gobierno colonial? ¿Qué destino sería ése para quien pudo ser emperador? E imagínese a Lawrence, que hace tanto tiempo que pone en duda su existencia y la de los otros, colocando primeras piedras y asistiendo a desfiles y banquetes… Poco después de concluir la guerra, se le invitó a asistir a la recepción de una boda de la buena sociedad. Fue (estimaba al novio) con un joven attaché diplomático, muy impresionado por la solemne ocasión. —¿Su nombre, caballeros? —preguntó el lacayo en la puerta. Lawrence notó que su compañero se preparaba para hacer una entrada impresionante, y le dominó el espíritu de travesura. —Señores Lenin y Trotsky —dijo. Y el lacayo proclamó «Los señores Lenin y Trotsky» mecánicamente, escandalizando a los presentes, entre los cuales había miembros de la familia real. Otra sugerencia ha sido la de que debería confiársele una misión para arreglar los asuntos de China. Si le hubiera interesado componer tales asuntos, en el supuesto de que se sintiera capaz de ello, lo que es dudoso (cabe que no sepa una palabra de chino), Lawrence habría impuesto la condición de trabajar a su sabor, sin interferencia ajena. Y entonces es posible, más aún, probable, que su solución no habría sido favorable al dominio europeo de los asuntos de China. De todas suertes, ya lo había hecho una vez: uno no repite experiencias desagradables, a sueldo, sin convicción, a menos que se sienta el estímulo del deber patriótico, del que Lawrence está limpio. Otras propuestas disparatadas han sido: que debiera dirigir una revista de literatura moderna; que habría que nombrarle para un cargo relacionado con la explotación de los campos petroleros de Mesopotamia; que debería encargarse de la dirección general del adiestramiento del ejército británico, o que se tendría que concederle un alto cargo en el British Museum. Todas estas ocurrencias recuerdan los distintos métodos de los libros medievales titulados «Cómo cazar un unicornio y domarlo». No se percatan de que se conoce harto bien y que ha elegido servir en la Royal Air Force, algo no muy adecuado o natural para su modo de ser, para comprometerse sin condiciones. La dificultad de la tarea le parece digna de intentarla de manera total. Si quiere hacer algo diferente, lo efectuará sin necesidad de que le empujen. Merece comentarse que la sugerencia más popular sea la de que debe encabezar un gran renacimiento religioso. Eso resulta bastante plausible, si se atiende a mi opinión de que puede definírsele como «hombre bueno». Pero es tan extravagante como las otras. En primer lugar, Lawrence ha leído tanta teología, que no podría triunfar como simple impulsor de ese renacimiento, y no cree, además, que las religiones puedan «revitalizarse», sino, sólo, inventarse. En segundo lugar, no se le ocurriría dedicar de nuevo su personalidad a ninguna campaña popular, ora militar, ora religiosa. Su nihilismo estriba en un credo glacial, cuyo artículo inicial reza «¡Tú no convertirás!». En tercer lugar…