Oxford

La Revolución francesa de R. M. Johnston. En su estancia en la escuela me maravilló su afición a analizar los caracteres. Tenía el hábito de formularme preguntas para observar mi expresión: aunque no comentaba mi respuesta, comprendía yo que la rumiaba. Durante muchos años se pareció a su padre, uno de los hombres más encantadores que he conocido: muy reservado, muy amable. Lawrence no era rata de biblioteca, a pesar de que leía mucho y muy aprisa. No le describiría yo como un erudito por temperamento; el rasgo principal de sus trabajos fue siempre lo inusual, pero inusual sin esforzarse para serlo. Le agradaba lo que tenía tendencia satírica, y por eso le gustaban tanto las notas de Gibbon. Desconfiaba del valor de sus trabajos; jamás publicó su tesis de graduado, en verdad admirable (bien que breve). Era robustísimo, algo difícil de conocer y siempre imprevisible». Lawrence no estaba preparado en el momento de los exámenes finales para obtener el grado. Se le aconsejó que presentara una tesis especial que completase sus otros trabajos. Eligió el tema de «La influencia de las cruzadas en la arquitectura militar medieval de Europa». Antes incluso de acudir a la universidad, se había especializado en fortificaciones de la Edad Media y había recorrido todos y cada uno de los castillos ingleses y franceses del siglo XII ; sólo le restaba ir a Palestina y Siria para estudiar sobre el terreno las fortalezas de los cruzados. Aprovechó para ello los meses de verano de 1909, sus últimas vacaciones largas. Había aprendido algo de árabe con un profesor de Oxford, arabo-irlandés, el cual le recomendó que, si iba, ahorrase aprovechando la hospitalidad de las tribus sirias. Sería su primer viaje a la parte del mundo en que se hizo célebre. Antes de partir, se entrevistó con el doctor D. G. Hogarth, curador del Ashmolean Museum de Oxford, al que no conocía y que desde entonces ha sido buen amigo suyo: «El hombre a quien adeudo todo lo útil que he hecho, salvo mi enrolamiento en la Royal Air Force». Comunicó a Hogarth su visita a Siria para estudiar los castillos de los cruzados, y añadió que deseaba saber dónde cabía la posibilidad de encontrar restos de la civilización hitita. Hogarth le informó. —Es la peor estación para viajar por Siria —dijo—. Hace muchísimo calor allí. —Iré de todos modos —contestó Lawrence. —Está bien. ¿Tiene usted dinero? Necesitará un guía y sirvientes que transporten su tienda y equipaje. —Me propongo andar. —Los europeos no andan en Siria —replicó Hogarth—. No es seguro ni agradable. —Pues yo lo haré —afirmó Lawrence. Estuvo ausente cuatro meses y regresó a Oxford con retraso para el siguiente trimestre. Había ido a pie, vestido a la europea y con botas castañas, llevando sólo una cámara fotográfica, desde Haifa, en la costa septentrional de Palestina, a los montes del Tauro y a Urfa, por el Eufrates, en el norte de Mesopotamia. Volvió con esbozos de planos y fotografías de todas las fortalezas medievales sirias, y una colección de sellos hititas de la región de Aintab para Hogarth. Me ha contado éste que sufrió dos ataques de fiebre y estuvo a punto de que le asesinasen. Tal vez la fiebre no merezca mención. Lawrence la había tenido con tanta frecuencia, que se había acostumbrado a ella. Le acometió la malaria en Francia a los dieciséis años y ha experimentado incontables recidivas desde entonces. A los dieciocho, sufrió la fiebre de Malta, y desde entonces ha conocido la disentería, tifus, orina negra, viruela y otras dolencias. Se ha contado a menudo el conato de asesinato y siempre incorrectamente. He aquí lo sucedido. Lawrence, camino de Siria, compró en París un reloj de cobre por diez francos. El uso constante lo pulió hasta que brilló como una ascua. En una aldea turcomana, a la orilla del Eufrates, donde recogía objetos hititas, lo sacó una mañana, y los pueblerinos murmuraron «oro»; uno de ellos siguió a Lawrence el día entero y hacia el atardecer se le anticipó y fingió encontrarse con él por casualidad. Lawrence le preguntó la dirección de cierto pueblo. El turcomano le mostró un atajo a través del campo; después saltó sobre él, le derribó, le arrebató el revólver Colt, apoyó el cañón en su cabeza y oprimió el gatillo. El arma estaba cargada, pero no hizo fuego: el aldeano no sabía nada del mecanismo de seguro, que estaba puesto. Tornó a apretarlo y, encolerizado, lo arrojó y golpeó la cabeza de Lawrence con piedras. Por fortuna, le ahuyentó la aparición de un pastor antes de que quebrara la cabeza del joven. Lawrence cruzó el Eufrates hasta la población más cercana (Birejik), donde encontró policías turcos. Mostró la orden que le había dado el Ministerio del Interior de Turquía, con el mandato de que todos los gobernadores le prestaran su apoyo, y congregó ciento diez hombres. Con ellos, cuyo pasaje en el transbordador hubo de pagar de su bolsillo, se presentó en la aldea. Suele contarse que hubo desesperada lucha y quema del lugar, mas, en realidad, no hubo violencia. Lawrence, vencido por la fiebre, se acostó, mientras se desarrollaba la discusión usual, de un día de duración, entre la policía y los aldeanos. Era de noche cuando los ancianos del lugar entregaron el objeto robado y el ladrón. La versión auténtica resulta más agradable, aunque sólo sea por su final más satisfactorio: el ladrón trabajó más tarde en las excavaciones de Karkemish a las órdenes de Lawrence, no muy bien, pero su jefe no le apretó. Durante la expedición se alojó por la noche, si andaba por caminos perdidos, en el pueblo que tenía más a mano, aprovechando la hospitalidad que los sirios pobres conceden siempre a los otros pobres. De aquella suerte, empezó su familiaridad con los dialectos árabes. Lawrence no es erudito en la lengua arábiga. Jamás la ha estudiado, ni conoce su escritura. (De todas suertes, se requieren veinte años para que alguien pueda ufanarse de ser experto en ella, y Lawrence dio mejor uso a su tiempo). Pero habla con fluidez el árabe familiar, y puede señalar con bastante acierto si un hombre, por su acento y las expresiones que emplea, procede de esta tribu o de aquel distrito de Arabia, Siria, Mesopotamia o Palestina. Al volver a Oxford, le concedieron el grado con honores de primera clase en Historia por su tesis, y los examinadores quedaron tan impresionados, que celebraron la ocasión con una cena especial en la que Poole, tutor de Lawrence, fue el huésped. Se relata con pormenores que la que más gustó en Oxford de las nuevas arqueológicas atañió a la inhumación de los cruzados en Tierra Santa. Se sabía que el caballero que, habiendo participado en una cruzada, moría en su patria, hacía que sus piernas y las de su efigie se cruzaran por los tobillos; y si había participado en dos, se le cruzaban las rodillas. Pero Lawrence había descubierto que los muertos en los Lugares Sagrados se enterraban con las puntas de los pies dirigidas hacia adentro. Las incrustaciones de la leyenda lawrenciana quedan ejemplarizadas con esta información, tan divulgada como totalmente falsa. En primer término, Lawrence no descubrió tal cosa; y, en segundo, no cree que el cruce de las piernas de las efigies se relacione en modo alguno con las cruzadas.