Muslo

Por lo visto, el jerife había convertido a su noble y santa familia en misioneros de aquel concepto. Sus palabras tenían mucho peso. Husayn había tenido asimismo la cordura, pese a su indiscutible piedad islámica, de no introducir la religión en la contienda. Una de sus principales razones personales para declarar la guerra fue que los Jóvenes Turcos eran irreligiosos; pero comprendió que aquello no convencería a las tribus. Sabían que sus aliados, los británicos, eran cristianos. «Los cristianos combaten a los cristianos. ¿Por qué no lucharán los musulmanes contra los musulmanes? Queremos un gobierno que hable como nosotros y nos deje vivir en paz. Y odiamos a los turcos». No les preocupaba la cuestión de cómo se administraría el imperio árabe cuando terminase el otomano. Concebían el mundo arábigo como una confederación de tribus independientes, y si intervenían en la liberación de Bagdad y Damasco, sería sólo para conceder a esas ciudades el don de la libertad como miembros nuevos de la familia árabe. Si el jerife optaba por llamarse emperador de Arabia, que lo hiciera, pues sería sólo un título con que impresionar al resto del mundo. Aparte la desaparición de los turcos, todo seguiría en el país como antes. Lawrence madrugó y se paseó entre las tropas de Faysal. Ansiaba comprobar si eran buenos combatientes con el mismo método que había empleado la noche precedente con sus jefes. No le sobraba el tiempo y tuvo que fiarse de la observación sobre todo. Los síntomas más tenues serían incluso útiles para el informe destinado a Egipto, que acaso lograra despertar la confianza en la rebelión que él siempre había tenido. Los hombres le acogieron con alegría, tumbados a la sombra de una mata o una roca. Le embromaron por su uniforme caqui, confundiéndole con un desertor turco. Era gente dura, cuyas edades oscilaban entre los doce y sesenta años, de cara muy morena; algunos parecían medio negros. Delgados, pero vigorosos y activos, podían recorrer montados inmensas distancias un día tras otro, correr descalzos por la arena abrasadora y las rocas sin manifestar dolor, y trepar a los montes abruptos. Vestían en general camisa suelta —algunos pantalones cortos bajo ella— y todos llevaban en la cabeza un gran pañuelo, casi siempre encarnado, que les servía de toalla, moquero y bolsillo. Cruzaban su pecho varias cananas, y disparaban los fusiles para divertirse al más mínimo pretexto. Estaban muy animados y ansiaban que la guerra durase una década. El jerife alimentaba tanto a ellos como a sus familias, y les entregaba una soldada de dos libras mensuales y cuatro más por aportar su camello. Había con Faysal ocho mil hombres, de los cuales ochocientos eran camelleros. Los demás procedían de las montañas. Servían sólo bajo los jefes de su tribu, y únicamente en las inmediaciones de su territorio tribal; cada uno cuidaba de su alimentación y transporte. Los jeques disponían de sendas compañías de un centenar de guerreros. Si se usaban fuerzas más numerosas, los mandaba un jerife, o sea un descendiente del profeta, la dignidad del cual le encumbraba por encima de las rivalidades tribales. Las venganzas de sangre entre los clanes se suponían interrumpidas por la guerra nacional. Se suspendieron, al menos. Los Billi, Chuhayna, Atayba y otras tribus se unieron por primera vez en la historia de Arabia. Sin embargo, los miembros de una rehuían a los de la otra, y hasta en el interior de la misma nadie confiaba en su vecino, pues había también deudas de sangre entre clan y clan, y familia y familia; y aunque todos aborrecían a los turcos, las reyertas familiares podían resolverse durante un ataque violento, en el que era imposible seguir el rastro a todas las balas disparadas. Lawrence decidió que, no obstante lo que había afirmado Faysal, la gente de las tribus no era útil más que para la lucha irregular y la defensa. Les gustaba saquear. Levantarían los raíles de la vía férrea, robarían caravanas y se apoderarían de camellos, pero eran en exceso independientes para combatir bajo un mando único. El hombre que lucha bien solo suele ser «mal soldado» desde el punto de vista del ejército, y parecía absurdo intentar disciplinar a aquellos héroes salvajes. Pero si recibían Lewis (ametralladoras ligeras semejantes a rifles corpulentos), tal vez defendieran con acierto los montes, mientras se formaba un ejército regular en Rabig. Ya se creaba al mando de otro desertor árabe de las fuerzas turcas, un ordenancista llamado Aziz al-Masri. En los campos de prisioneros británicos de Egipto y Mesopotamia había centenares de sirios y mesopotámicos que podrían presentarse voluntarios para guerrear contra los turcos, si se les invitaba. Como la mayor parte era ciudadanos y, por lo tanto, menos independientes, proporcionarían buen material a Aziz. Mientras los beduinos hostigaban a los otomanos con incursiones y golpes de mano, esa fuerza regular podría encargarse de la lucha regular. En cuanto al peligro inmediato de un avance a través de los montes, Lawrence había comprobado cómo era aquella región. Los únicos pasos los ofrecían los valles, llenos de sinuosidades y recodos, entre paredes precipitosas, ora de ciento veinte metros de ancho, ora de seis. Y los beduinos eran magníficos tiradores. Doscientos podían frenar a un ejército. Los turcos no pasarían a menos que mediase una traición en las filas árabes, y, aunque mediase, no sería seguro. Jamás sabrían si los beduinos se levantarían detrás de ellos. Y custodiar todos los pasos significaría llegar a la costa con un puñado de hombres. Había una dificultad, la única: la artillería aterrorizaba aún a los árabes. Se acostumbrarían a ella, pero, en aquel instante, el estampido de un obús los desperdigaba a kilómetros a la redonda en busca de resguardo. No temían ni las balas ni la muerte, pero morir bajo la artillería era demasiado para su imaginación. Había, pues, que conseguir piezas artilleras, útiles o inútiles, pero estrepitosas, para el bando musulmán. Desde Faysal al combatiente más joven sólo se hablaba en el campamento de una cosa: artillería, artillería, artillería. Cuando dijo a los hombres del emir que se desembarcaban en Rabig piezas que disparaban obuses tan gruesos como el muslo de un hombre, hubo una alegría inenarrable. Los cañones, desde luego, no se emplearían militarmente. Al contrario. Los árabes luchaban mejor en orden disperso. Si obtenían las piezas, se apretujarían buscando su protección, y una acumulación de guerreros sería batida incluso por unas pocas compañías turcas. Sólo que, si no recibían cañones, se retirarían a sus tierras y la rebelión acabaría. La artillería, por lo tanto, era el único problema, y la rebelión lo único verdadero, el encendido entusiasmo de toda una provincia.