Muro

Nos hemos anticipado demasiado en nuestro relato, que trataba de Lawrence como arqueólogo antes de la Gran Guerra. Volvió en 1911 a Karkemish con Hogarth. El informe de aquellas excavaciones, que duraron de 1910 a 1914, ha sido publicado por la Oxford University Press. Después de 1911, Hogarth dejó los trabajos a cargo de G. Leonard Woolley, que también contrató al joven. Un visitante, el señor Fowle, ha descrito la vida en el campamento cuando lo visitó en 1913. Los turcos habían dado permiso a los arqueólogos para construir una sola habitación. Lawrence y Wolley cumplieron la letra y burlaron el espíritu levantando un solo edificio, grande y en forma de U, que dividieron en cuartos, cada uno con puerta propia al patio, que abarcaba aquella habitación única. Los de la derecha se destinaron a almacén de objetos arqueológicos y taller de fotografía (bajo el cuidado especial de Lawrence); los dormitorios de los excavadores e invitados estaban en la izquierda. El centro de la U era una sala de estar, con chimenea abierta, librerías repletas y una larga mesa cubierta de periódicos británicos y revistas arqueológicas de todo el mundo. Según la señora Fontana, esposa del antiguo cónsul italiano en Alepo, la casa de adobes había sido enlosada con un mosaico romano descubierto en los estratos superiores de la excavación. Explica que Lawrence cruzaba el Eufrates en canoa para comprar flores en una isla de la ribera opuesta para embellecer la casa; travesía peligrosa, en su opinión, porque aquel río tiene corriente muy poderosa. Se bañaba cotidianamente en su maravillosa agua dulce. Convenció a los obreros de que le hicieran un largo tobogán de arcilla y les enseñó el deporte de deslizarse por él hasta el Eufrates. Woolley y Lawrence habían logrado en seguida estar en las mejores relaciones posibles con los trabajadores, que eran una mezcla étnica: kurdos, árabes, turcos, etc. Bandidos locales colaboraban con ellos en la excavación, inclusive los jefes de dos de las bandas más famosas, una kurda y otra árabe, y los jefes ingleses eran tan bien conocidos y respetados, que los nombraron jueces en varios pleitos entre pueblos o individuos. Fowle relata que Lawrence se había ausentado, no hacía mucho, para componer el caso de un hombre que había raptado a una joven de la casa paterna y no lograba el consentimiento del padre para casarse con ella. En la alcoba de Wooley había un antiguo cofre de madera con miles de piezas de plata para el pago de los obreros. Estaba abierto y sin custodia, porque si alguien entraba a robarlo, sus compañeros no tardarían en desenmascararle, tomar el asunto en sus manos y matarle, probablemente. Lawrence y Wooley descubrieron que la forma de obtener mejores resultados consistía en pagar a los trabajadores una prima por el objeto que encontraran, de acuerdo con su valor real. Los braceros aceptaban la prima sin rechistar, fuesen monedas de oro o de menor valor y con tanta mayor complacencia cuanto los ingleses no aceptaban nada sin pago previo. Les devolvían el objeto si carecía de interés. Llegaron a sentir entusiasmo por la excavación. Fowle recuerda la excitación con que observaron el descubrimiento de una escultura pétrea hitita, los aplausos espontáneos y el disparo de doscientos revólveres, cuando apareció un soberbio ciervo de cuatro mil años de edad. Lawrence, me cuenta el doctor Hogarth, prefería dormir en el exterior, en un otero, que señalaba la ciudadela de la antigua población, próxima al río. Reunía a los excavadores y los divertía con relatos, muchos escandalosos, sobre el anciano jeque de Cherablus (aldea que ocupaba el solar de Karkemish) y de su joven esposa, y sobre los alemanes que acampaban cuatrocientos metros más allá. Se tendía un ferrocarril entre Constantinopla y Bagdad, que cruzaría el Eufrates en el lugar de Karkemish. Ingenieros alemanes construían un puente. No molestándose en aprender los nombres de sus obreros, los reconocían con números pintados en los vestidos. Incluso permitían que miembros de tribus enfrentadas a muerte trabajaran hombro con hombro, y muchos perecieron en enfrentamientos. Envidiaban a Lawrence y Wooley, porque conseguían de sus trabajadores lo que deseaban. Los ingleses, en cierta ocasión, hubieron de despedir a cincuenta hombres por falta de dinero para pagarlos, y los despedidos se resistieron a irse. Siguieron con ellos hasta que pudieran saldar su salario. Eran buenas las relaciones con los alemanes. Woolley y Lawrence les permitieron, entre otras cosas, que transportasen a la obra las piedras de las excavaciones que no tenían interés arqueológico. Pero el ingeniero en jefe, Contzen, era de trato difícil. Hijo de un químico de Colonia, bebía mucho y su grueso cogote desagradaba a Lawrence: rebosaba del cuello de la camisa. Cierta vez solicitó autorización para retirar tierra de unos montículos, que, pese a hallarse en el ámbito de las excavaciones, estaban cerca del puente. La requería para hacer un malecón. Se la negaron, porque los montículos eran los muros de adobe de Karkemish y, por lo tanto, importaban mucho arqueológicamente. Furioso, rompiendo el trato amistoso con los investigadores, decidió esperar a que concluyese la campaña de éstos y se fueran. Por lo tanto, ido Woolley a Inglaterra, y Lawrence a los montes libaneses, Contzen reclutó mano de obra local para arremeter contra las murallas. Un árabe de Alepo, llamado Wahid el Peregrino, estaba a cargo del lugar durante la ausencia de sus superiores. Enterado de los propósitos de Contzen, fue al campamento alemán y le dijo que, sin órdenes de Lawrence y Woolley, no permitiría aquel trabajo. Contzen replicó que lo emprendería al día siguiente y despachó a Wahid con cajas destempladas. El encargado telegrafió a Lawrence, en el Líbano, que estorbaría la obra hasta recibir órdenes. A la otra mañana se sentó en lo alto de la muralla amenazada con un fusil y dos revólveres. Un centenar de obreros se puso a tender raíles desde el malecón al pie del muro.