Modelo

Casi todo lo que he escrito favorece, más o menos, a Lawrence. ¿Qué es lo peor que puede decirse de él? Muchas cosas, quizá, mas casi todas han sido expresadas en diferentes ocasiones por el mismo interesado. Primero, es un romántico incurable, lo que implica dificultad de relaciones con todas las instituciones que aseguran defender la estabilidad pública. Se ha encariñado con la aventura por la aventura misma, y con la parte débil por su misma debilidad, y las causas perdidas, y las desdichas. Ahora bien, la sociedad bendice al romántico incurable sólo si es incompetente y fracasa, acaso envuelto en la gloria, pero de modo evidente, y de tal guisa prueba que acaba siempre por tener razón la gente estúpida y vulgar que rige la seguridad pública. El romanticismo de Lawrence no sufre de incompetencia ni de esterilidad. Cierto día de 1919 un soberano europeo le acogió con el comentario: «Es una mala época para nosotros, los reyes. Ayer se proclamaron cinco nuevas repúblicas», a lo que Lawrence pudo responder: «¡Ánimo, majestad! Acabo de establecer tres reinos en Oriente». Por el éxito de su romanticismo —romanticismo que, como en la colonia o establecimiento «Winston» del Oriente Medio, la gran consecución de su vida de la que la Gran Guerra fue simple prolegómeno, se acerca incómodamente al realismo—, le odian casi todos los funcionarios gubernamentales, los militares de profesión, expertos políticos anticuados, etc.; es un elemento perturbador en su ordenado esquema de las cosas, un misterio y un estorbo. Incluso ahora, siendo mecánico de la fuerza aérea, motiva preocupación. Sospechan de una estratagema diabólica para promover un motín o rebelión. Se resisten a aceptar que está ahí sencillamente porque está ahí. Porque pretende desembarazarse de todo y ser política e intelectualmente inutilizable. Repitámoslo, ni siquiera es romántico convencido. Desprecia su romanticismo y lo combate en su fuero interno con tanto rigor, que sólo logra convertirlo en incurable. Quienes a él se parecen son, de hecho, una amenaza palpable para la civilización; su fuerza e importancia resultan tan grandes, que no se les puede dejar de lado como algo baladí, son en exceso antojadizos para abrumarlos con una situación de responsabilidad, están demasiado seguros de sí mismos para intimidarlos y, al mismo tiempo, dudan demasiado de su valía para transformarse en héroes. Lo único original —si lo es— de que puedo acusar a Lawrence —si es una culpa — consiste en esto: tiene un círculo de amigos enormemente amplio, desde vagabundos a monarcas reinantes y mariscales del Aire, cada uno en un comportamiento estanco, lejos uno de otro. Con cada uno muestra una faceta de su carácter que reserva para él y que mantiene con consistencia. A cada amigo revela una parte de sí mismo, sólo una parte: nunca confunde los personajes. Por tanto, hay millares de Lawrence, que responden a una sola faceta del cristal lawrenciano. Y él mismo no tiene noción de si ese cristal es incoloro y las facetas sólo reflejan el carácter de los amigos que las miran. Carece de amistades íntimas a las que pueda revelar la totalidad. El resultado de esta dispersión —no conquista amigos al azar, sino los escoge, y representan distintos campos del arte, vida, ciencia y estudio (siente ternura especial por los delincuentes)— es que todos, en un afán posesivo, intentan acapararle, convencidos de que sólo él conoce al Lawrence verdadero, con el efecto de que sienten celos cómicos cuando coinciden en un sitio. Tal vez ello se deba en parte a que Lawrence es alguien de quien cuesta menos sentir que hablar. No es posible definirle de palabra —confieso sin rubor mi fracaso al intentarlo—, por su variedad, por no poseer este o aquel rasgo o talante del que se pueda dar fe. Así, pues, sus amigos se molestan con todas las descripciones que de él se dan y no ofrecen una propia a cambio que justifique su resentimiento. De ahí, probablemente, su reserva posesiva. Al coleccionar material para este libro, he sufrido más de un rechazo de amistades que han atesorado meticulosamente algo con lo que se sintieron favorecidos de manera exclusiva. Pese a los desaires, he procurado orientarme con todos los puntos de vista factibles, amistosos y hostiles, en lo que a Lawrence se refiere, y si el único que todavía veo es la faceta que me ha presentado de manera indefectible en los siete años que hace que le conozco, bien está; pero si sólo es un Lawrence y no el Lawrence, será, no obstante, más creíble que muchos individuos, en teoría completos, con quienes trato. No le presento, ni él tampoco se presentaría —o se consideraría—, como modelo de conducta o como sistema filosófico. Las circunstancias y los esfuerzos que ha efectuado durante su vida le han dejado más libre de vínculos humanos que a otros hombres. Por consiguiente, puede aparecer en cualquier mercado en el momento que prefiera. Otros no se hallan en la misma situación, pues tienen carreras, ambiciones, familias, necesidades, esperanzas, temores, tradiciones y deberes, todo lo cual los aherroja a la sociedad organizada, en la que Lawrence parece representar un papel sólo accidental y formulario.