Lawrence

El señor Lowell Thomas, autor de un relato inexacto y sentimental sobre Lawrence, le vincula con la familia nord-irlandesa así llamada y con el famoso héroe del motín de los cipayos, «que procuró cumplir su deber»; se trata de una invención y, además, poco ingeniosa. «Lawrence» apareció como un nombre tan útil como «Ross» o «Shaw», y Lawrence nunca perteneció a la tribu de quienes hacen cosas porque el deber público es eso, un deber público. Sus actos obedecen a razones propias, que tal vez —debiera decir «sin duda»— honrosas, jamás son públicas o evidentes. Los árabes se dirigían a él como «Awrans» o «Lurens»; pero le apodaron «Amir Dinamit», o sea Príncipe Dinamita, a causa de su energía explosiva. El viejo Awda, belicoso jefe de los Huwaytat, se refería a él por lo regular como «El Diablillo del Mundo», lo que resulta aún más gráfico. Nació en Tremadoc, en el septentrión de Gales, en agosto de 1888, circunstancia útil posteriormente, pues pudo ingresar, en la Universidad de Oxford, en el Jesús College, que protege financieramente a los estudiantes galeses. En realidad, su ascendencia es variopinta, sin relación alguna con Gales; si no estoy trascordado, sus mayores fueron irlandeses, hébridos, españoles y escandinavos. Y ello siempre le resultó útil; tal mezcla de sangres ha significado para Lawrence la facultad innata de aprender idiomas extranjeros, el respeto de los usos y costumbres de la gente foránea, y, más que nada, la aptitud de incorporarse en una comunidad extraña y ser aceptado, al cabo de cierto tiempo, como miembro de ella. Además, no siente la peculiar superioridad inglesa sobre los restantes pueblos. Lo atribuye a su general falta de respeto a la humanidad; pero ha de sospecharse una acusada inclinación a lo británico, aun cuando sólo sea a los que hablan en inglés, idioma por el cual siente un afecto que no puede ocultar. Su difunto padre procedió del condado de Meath, en Irlanda, de la estirpe de la gente del Leicestershire que se estableció en ella en la época de Sir Walter Raleigh. Fue gran deportista. La mezcla de sangre se deriva sobre todo de él. Su madre, que hace dos años se fue despreocupada a terminar sus días como misionera en la China central —y que, no hace mucho, ha sido devuelta a sus lares, muy a disgusto suyo, por culpa de las alteraciones políticas de aquel país—, es decidida y rezuma fuerza tranquila: sus facciones son como las de Lawrence. Una vez me dijo: «No habríamos soportado chicas en casa». Y, a tenor de ello, tuvo cinco hijos varones y ninguna hembra. Ambiente doméstico de tal clase acaso explique que el mundo de Lawrence esté tan vacío de mujeres: le criaron para prescindir de la sociedad femenina y el hábito persistió en él. No es verdad que tema o aborrezca al sexo opuesto. Procura hablar con una mujer como lo haría con otro hombre o consigo mismo, y la planta si ella no corresponde al cumplido charlando a su vez como lo haría con otra mujer. No le frena un falso sentimiento caballeresco. No es galante; tampoco, grosero.