Informe

El beduino, comprendió Lawrence, vuelve la espalda a los perfumes, lujos y mezquinas actividades de la ciudad, porque se siente libre en el desierto: ha perdido los nexos materiales, casas, jardines, posesiones superfluas y complicaciones similares, y ha conquistado la independencia individual al filo del hambre y la muerte. Esta actitud le conmovió mucho, y por eso, a mi juicio, desde entonces su naturaleza se ha dividido en dos y es contradictoria: el del beduino que suspira por la desnudez, simplicidad y dureza del desierto, estado de ánimo que éste simboliza, y el del europeo supercivilizado. El yo europeo desprecia el beduino como a alguien que goza de atormentarse sin necesidad y ve el mundo como algo riguroso blanco y negro (lujo o pobreza, santidad o pecado, honor o mancilla), no como un paisaje de cambios conmovedores, incontables matices sutiles y sombras y variedad. El conflicto del fanático, encaramado o sumido en las olas de sus emociones, que ama y odia violentamente, con el hombre cultísimo, cuyo fin principal en la vida es mantener su ecuanimidad, incluso, si anula la propia amplitud de sus simpatías. Esos yoes se destruyen mutuamente, y por eso Lawrence ha acabado cayendo, por la influencia contraria de los dos, en un nihilismo que no halla siquiera un dios en el que creer. El Magdalen College, a instancias de Hogarth, le concedió una beca para cuatro años de viajes, que le permitió proseguir las investigaciones arqueológicas. Fue en 1910 con el doctor Hogarth y el señor Cambell-Thompson en la expedición del British Museum para excavar Karkemish, la capital hitita arruinada en la orilla siria del Eufrates. Hogarth le alistó atendiendo a su expedición por Siria y a sus conocimientos de la cerámica. No era aún arqueólogo experto. Como hombre para todo, con un jornal de quince chelines diarios, se encargó principalmente de vigilar a los braceros y mantenerlos contentos. Otras ocupaciones fueron la fotografía, cerámica, composición de las esculturas rotas y, más tarde, tender o levantar el ferrocarril ligero que transportaba la tierra desde las excavaciones a los vertederos. Lo importante eran los obreros. Si estaban alegres, el trabajo marchaba bien. Lawrence conocía a todos por el nombre y sabía aun el de sus hijos, para los cuales pedían quinina. Nunca conoció a uno de vista; peculiaridad de Lawrence de la que hablaré más adelante. En el invierno de 1910, fuera de la estación de la campaña arqueológica, Hogarth hizo que Lawrence visitase el campamento de Sir Flinders Petrie en Egipto, para que aprendiese los métodos más avanzados de la técnica de la excavación. El campamento se hallaba en una aldea próxima a al-Fayyum, y se dedicaba a descubrir restos predinásticos del año 4000 a. C. Flinders Petrie no se sintió al principio muy impresionado por la apariencia del joven. Se dice que le regañó por aparecer en el campamento con pantalón de fútbol y chaqueta deportiva de colores vivos. —Muchacho, aquí no jugamos al cricket. Lo absurdo de la idea de que Lawrence fuese entusiasta del cricket no es el único punto cómico de la anécdota. No tardó Petrie, sin embargo, en comprender que era hombre muy útil, y trató de persuadirle a que permaneciese otro año con él. Pero Lawrence pensaba que las excavaciones egipcias eran latosas comparadas con las hititas. La hitita era aún una civilización desconocida; los principales problemas de la egipcia se habían resuelto ya y sólo cabía ir llenando lagunas de menor entidad. El único recuerdo de la campaña en Egipto que le he oído mencionar fue que a menudo, al atardecer, cuando el sol desaparecía de súbito y hacía mucho frío, él y sus compañeros acostumbraban envolverse en la tela blanca de lino, enterrada con los egipcios predinásticos, para que la usaran en el más allá (se trataba de un período anterior a las vendas de las momias), y regresaban a las tiendas así ataviados y oliendo a especias. Lawrence pronto conquistó reputación como arqueólogo. Su memoria de los detalles es extraordinaria, casi morbosa. Un amigo le describió en broma en una ocasión, diciendo: «Hay en Lawrence algo del dómine de labios delgados de Oxford»; pero aquello quiso significar que posee un vasto y bien ordenado tesoro de conocimiento técnico en todos los asuntos concebibles y que le disgustan las imprecisiones de los aficionados. Media docena de tajantes palabras suyas y se acaba la conversación superflua. Asistí a la ocasión en que un escritor estadounidense, que sólo le conocía como soldado, se puso a darles lecciones de arte árabe. Muy pronto, comprendiendo que se había metido en camisa de once varas, se mudó al terreno en que se sentía seguro, y comenzó a hablar de las tallas aztecas en piedra. Lawrence le escuchó cortésmente y le enmendó en un detalle técnico. Tras aquello, el escritor calló y prestó oído. El mariscal de campo Allenby, también aficionado a la arqueología (durante la Gran Guerra apartó del mando, por lo menos, a un oficial que había destruido un edificio antiguo), me contó: —Cuando Lawrence y yo hablábamos de cosas arqueológicas, siempre era el padre Lawrence el que daba clases al párvulo. Escuché y aprendí. Su saber no es, probablemente, tan amplio como parece y la sensación de omnisciencia que provoca quizá se deba más a la capacidad de olvidar lo que denomina conocimientos totalmente inútiles, como la matemática superior, la metafísica de aula y las teorías estéticas, así como a ensamblar de manera armónica lo que sabe. El conocimiento breve y concreto, que está en armonía consigo mismo, parecerá maravilloso a quienes reúnen muchos más datos, pero inconexos entre sí. No obstante, el saber de Lawrence tiene que ser muy extenso. En seis años leyó todos los libros de la biblioteca de la Oxford Union, o, probablemente, la mayor parte de sus 50 000 volúmenes. Su padre solía proporcionarle libros mientras estuvo en la escuela, y luego obtuvo seis diarios en préstamo en nombre de su padre y en el suyo propio. Durante tres años leyó día y noche en una estera puesta ante la chimenea y acolchonada por si se dormía durante la lectura. A menudo dedicaba dieciocho horas al día a ésta, y llegó a ser lector tan experto, que se enteraba de la esencia del tomo más formidable en media hora. Al repasar la vida de Lawrence, hay que aceptar hazañas tan descomunales sin darles importancia; son parte de su manera de ser. El gran número de ellas que pueden comprobarse excusa que se acepten otras, de naturaleza similar, que son ficción pura. Lawrence, si mediaba provocación, informaba a los demás de cosas incluso en el momento en que a duras penas serían bien recibidas. —¡Eh, usted! ¿Por qué sonríe? —le gritó un sargento instructor un día, hace de ello dos años, cuando estaba en el Tank Corps. —¿De veras quiere saberlo, sargento? —respondió Lawrence.