Faysal

Faysal, que había sido miembro del gobierno otomano y, por lo tanto, podía viajar sin cortapisas, fue a Siria e informó que las perspectivas eran buenas, pero que la guerra en general se decantaba en contra de los aliados. Había que esperar. No obstante, si las divisiones australianas, acuarteladas en Egipto, desembarcaban, como se esperaba, en Alejandreta, población siria, triunfaría sin duda un motín militar de las fuerzas árabes entonces estacionadas en Siria. Podrían, luego, acordar en seguida la paz con los otomanos, asegurando la libertad de Arabia, y conservarían lo obtenido aun en el caso de que los alemanes vencieran en la contienda internacional. No estaba al corriente de la política aliada. Los franceses temían que las fuerzas británicas, una vez puesto el pie en tierra, nunca se fuesen de Siria, país en que ellos estaban muy interesados. Una expedición franco-británica hubiera resuelto la dificultad, pero los franceses no tenían tropas para ello. Por consiguiente, como han dicho personas enteradas, el gobierno galo hizo presión al de Gran Bretaña para que renunciara al desembarco en Alejandreta. Por fin, tras larga dilación, los australianos, con numerosas fuerzas británicas e indias, y un pequeño destacamento francés —por conveniencia de la alianza— desembarcaron no en Siria, sino al otro lado de Asia Menor, en los Dardanelos. Intentaron, casi con éxito, adueñarse de Constantinopla y acabar con ello la contienda en Oriente de un solo golpe. Efectuado el desembarco, los ingleses pidieron a Husayn que emprendiese la rebelión; aconsejado por Faysal, respondió que antes los aliados debían interponer una pantalla de soldados entre él y Constantinopla; pero los británicos no encontraron hombres para satisfacerle y entrar en Siria, ni siquiera con la aquiescencia francesa. Faysal se trasladó a los Dardanelos para ver cómo andaban las cosas. Al cabo de varios meses, el ejército otomano, aunque consiguió conservar sus posiciones, había sufrido pérdidas espantosas. Faysal, al verlo, volvió a Siria, pensando que era el momento propicio para rebelarse, aun sin el auxilio aliado. Se enteró de que los turcos habían desarticulado todas las divisiones árabes y enviado a sus componentes a distintas líneas de fuego; de que sus amigos revolucionarios sirios estaban, o presos, o escondidos, y de que bastantes habían sido ahorcados como reos de diferentes crímenes políticos. La ocasión había pasado. Aconsejó por escrito a su padre que aguardase a que los británicos tuviesen más fuerza y los otomanos se debilitasen más. Desdichadamente, Gran Bretaña, además de las dificultades de la Entente, adolecía de pésima situación en el Próximo Oriente, y se había tenido que retirar de los Dardanelos después de sufrir bajas tan graves como las de los propios otomanos. Los políticos ingleses aceptaron la acusación de torpeza por no haber desembarcado tropas en Alejandreta, el único lugar sensato, antes que delatar a sus colegas franceses. Corrió por el Reino Unido un rumor: «Los griegos nos han fallado». Bulgaria se había unido a los turcos y alemanes, de manera que los galos se empeñaron en ir a los Dardanelos y no a Alejandreta, ni siquiera entonces, como se había propuesto, a Salónica. Para empeorar el embrollo, el ejército británico estaba rodeado y hambriento en la ciudad de Al-Kut, en el frente mesopotámico. La posición de Faysal se hizo muy peligrosa. Tenía que vivir en Damasco, como huésped del bajá Chemal, general al mando de los efectivos otomanos en Siria, y por ser oficial del mismo ejército, hubo de tragar todos los insultos que Chemal profería contra los árabes en sus borracheras. Asimismo, como había presidido la sociedad independentista siria antes de la Gran Guerra, se hallaba a merced de sus miembros; si alguno le delataba —un condenado a muerte que quisiera salvar la vida con tal información—, se hallaba perdido. Así, pues, Faysal hubo de quedarse quieras que no en Damasco, con Chemal, y dedicó el tiempo en refrescar sus conocimientos militares. Su hermano primogénito, Alí, levantaba combatientes en Arabia, con la excusa de que él y Faysal se disponían a atacar a los británicos en Egipto. Aquellas fuerzas se destinaban a luchar contra los otomanos en cuanto Faysal diera la señal. Chemal, haciendo gala de su brutal humor turco, llevaba a éste a presenciar la ahorcadura de sus amigos sirios revolucionarios. Los condenados disimularon las intenciones de Faysal, para que él y su familia no compartieran su sino, pues era el único líder en que Siria confiaba. Tampoco él se atrevió a manifestar de palabra o con la expresión sus verdaderos sentimientos, vigilado como estaba por Chemal. Sólo una vez, en su agonía, perdió el dominio de sí mismo, y exclamó que aquellas ejecuciones costarían al bajá lo mismo que trataba de evitar. Sus amigos de Constantinopla, los gobernantes de Turquía, hubieron de salvarle del castigo a que le expusieron sus frases apasionadas. La correspondencia de Faysal con su padre, en La Meca, era sumamente peligrosa. Viejos servidores de la familia llevaban los mensajes en las dos direcciones por ferrocarril. Los escondían en el puño de las espadas, en pasteles, cosidos a las suelas de las sandalias, o escritos con tinta invisible en los envoltorios de paquetes inocuos. En todos ellos, Faysal suplicaba a su progenitor que esperase, que retrasase la sublevación hasta momento más oportuno. Pero Husayn, confiando más en Dios que en el sentido común militar de su hijo, decidió que los soldados de su provincia podían derrotar a los turcos en noble lid. Comunicó a Faysal que todo estaba a punto. Alí dispuso sus tropas y esperaron a que Faysal las inspeccionase antes de dirigirlas al frente. Faysal habló a Chemal del mensaje paterno (sin aclararle su significado hostil, naturalmente) y solicitó licencia para ir a Medina. Chemal le consternó con la respuesta de que el bajá Enver, general en jefe de Turquía, se encaminaba a la provincia y que asistiría a una revista en ella con él y Faysal. Éste había proyectado izar la bandera roja de la rebelión paterna en cuanto llegase a Medina, con el fin de pillar desprevenidos a los otomanos, y entonces tenía dos huéspedes intempestivos, dos generales sobresalientes del enemigo, a los cuales, según las reglas de la hospitalidad árabe, no podía perjudicar. Seguramente retrasarían tanto la puesta en marcha de la sublevación que el secreto se divulgaría. No obstante, todo fue a pedir de boca, aunque lo irónico de la revista resultó casi insoportable. Enver, Chemal y Faysal contemplaron las maniobras en la llanura polvorienta contigua a la entrada de la ciudad, en la que los soldados fueron de un lugar a otro en fingidos combates a lomos de camello, o entregados al antiguo juego arábigo de lanzar jabalinas montados a caballo. Por último, Enver se volvió hacia su huésped. —¿Todos son voluntarios para la guerra santa? —preguntó. —Sí —contestó Faysal, pensando en otra clase de guerra santa—. Sí. Los jefes árabes se aproximaron para que los presentase. Un miembro de la familia de Mahoma murmuró en un aparte: —Señor mío, ¿los matamos ahora? —No, son huéspedes nuestros —repuso Faysal. Los jefes insistieron en que debían hacerlo entonces, porque así la lucha acabaría con sólo dos golpes. Quisieron obligar a Faysal, quien tuvo que alejarse con ellos, apartándose de Enver y Chemal, para defender la vida de los huéspedes impuestos, los monstruos que habían asesinado a sus mejores amigos. Hubo, en último término, de llevar rápidamente a los turcos, con un pretexto, a la ciudad bajo su protección personal y escoltarlos hasta Damasco, con una guardia de esclavos suyos, para salvarlos de la muerte durante el viaje de regreso. Justificó su conducta como acto de cortesía a personajes tan distinguidos. Enver y Chemal, sospechando de lo que habían visto, enviaron inmediatamente por la vía férrea numerosos soldados otomanos como guarnición de las ciudades santas. Pensaron en retener a Faysal en Damasco, pero los turcos de Medina mandaron telegramas solicitando su vuelta inmediata para evitar desórdenes, y Chemal le dejó ir de mala gana. Sin embargo, impuso que su séquito permaneciese como rehén.