Escritura

Su fuerza es interior; no le viene de fuera. He observado que le molesta que le toquen, que le ofende una mano puesta en su hombro o rodilla; quizá acepte la creencia oriental de que la «virtud» (él la llamaría «integridad», supongo) abandona al hombre cuando le tocan. Procura no cambiar apretones de mano, y se muestra reacio a luchar cuerpo a cuerpo. No bebe alcohol, no fuma. No lo hace por ser abstemio convencido, ni por considerarlo perjudicial, sino, sobre todo, porque pocas veces tiene ocasión de beber y fumar. Éstos son hábitos que la mayor parte de las personas adquieren como acto de imitación social; Lawrence rehúye cualquier manifestación de sociabilidad. Se siente incómodo con los desconocidos; a eso llaman «su» timidez. Piensa que la bebida, la glotonería, el juego, el deporte y la pasión amorosa —el universo entero del hombre ordinario— son inútiles, o, en el mejor de los casos, recursos estimulantes para los años en que la vida se vuelve aburrida. Evita comer en compañía. No le gusta hacerlo a horas fijas. Aborrece tener que esperar más de dos minutos para que le sirvan, y consumir más de cinco en la función de alimentarse. Por esta razón, se nutre principalmente de pan y mantequilla. Y prefiere el agua como bebida. Opina que alimentarse es actividad muy íntima, y que debería efectuarse en un cuartito, a solas y a puerta cerrada. Come, llegado el momento —poco frecuente—, con indiferencia, de manera distraída. Vino a verme en su motocicleta de carreras a la hora del desayuno: había salvado trescientos sesenta kilómetros en trescientos minutos. No quiso desayunar. Le pregunté luego cómo era el rancho del campamento. —Raramente lo pruebo, pero es bastante bueno. Ahora estoy en el almacén de intendente, de modo que necesito muy poca cosa. —¿Cuándo comió por última vez? —pregunté. —El miércoles. Por lo visto había consumido algo de chocolate, una naranja y una taza de té. Estábamos a sábado. Creo haber colocado unas manzanas a su alcance y, al cabo de cierto tiempo, tomó una. La fruta es su único sibaritismo. (Shelley, dicho sea de paso, compartía su desdén por los alimentos, aunque no con los excelentes resultados de Lawrence, y, como él, cuando le interesaba, tenía el don de entrar y salir de una estancia sin que nadie lo notara). Tiene la costumbre de renunciar de tarde en tarde a la comida durante tres días —en pocas ocasiones cinco— para comprobar que puede efectuarlo sin preocuparse ni resentirse. El ayuno, a su juicio, aguza la percepción y es buen ejercicio preparatorio para los malos tiempos. Y han abundado en su existencia. Además, si no tiene obligaciones, evita dormir con regularidad. Ha descubierto que su cerebro funciona mejor si trata al sueño como a la comida; En la Royal Air Force está en la cama cuando suena la orden de apagar las luces y duerme hasta medianoche. Después reflexiona medio dormido hasta la diana. De noche, en su opinión, descansan las mentes de los demás y eso ofrece a la suya mayor campo, libre de las vibraciones ajenas. Evita cuanto puede todo trato social, todos los acontecimientos públicos. No pertenece a clubes, sociedades o peñas. Sólo responde, y no siempre, las cartas más urgentes. Al regresar a Oxford en 1922, tras dos supuestos meses de ausencia, transformados en seis, en Oriente, halló su escritorio abrumado de correspondencia, quizá entre doscientas y trescientas cartas. Había ordenado que no se las remitiesen. Leyó todas con cuidado, despachó una sola contestación —un telegrama—, y el resto fue a parar a la papelera. En general, responde a los telegramas con porte pagado. O, será más exacto decir, los usará, pero no con destino a quien los pagó por anticipado. Jamás contesta una carta en cuyo sobre conste el nombre de «Lawrence», observación que tal vez ahorre a algunos de mis lectores gastos en sellos. La carta que escribe no pertenece a la categoría de las condenadas a la papelera. Siempre son prácticas, consideradas, cabales, útiles, informativas. Por ejemplo: «… Cuando vaya a Reims, hágalo solo. Siéntese en la base de la sexta columna, en el lado meridional del pasillo central, y mire, entre la cuarta y quinta columna, en la tercera ventana de la claraboya lateral de la parte septentrional de la nave…» (1910). Es una de las raras personas que adopta un criterio sensato en cuanto al dinero. Ni lo ama ni lo rechaza, porque ha comprobado su inutilidad en las dos o tres ocasiones en que anheló algo importante. Puede ser un financiero si se le antoja, mas, por lo regular, no le preocupa su cuenta bancaria. En este preciso instante, carece de ella. Ha cuidado mucho de no ganar un céntimo con sus escritos sobre la sublevación árabe. Esto descontado, se ha esforzado en obtener dinero con su pluma, y ha conseguido treinta y cinco libras durante cuatro años de afán anónimo. Llama a estas ganancias el postre del rancho de la Royal Air Force. Escribe con mucha dificultad y enmiendas interminables, y no se enorgullece ni disfruta de lo que ha redactado. Casi todas sus ganancias se derivan de traducciones, y no de obras originales o de creación. No piensa escribir otro libro. Incidentalmente, diremos que suele escribir con tinta china, porque es más persistente.