Enemigo

Poco más se hizo que desembarcar algunas tropas egipcias y provisiones en Rabig. Parecía que la rebelión había terminado. Muchos oficiales de estado mayor en El Cairo lo consideraban como una broma muy divertida hecha al alto comisario. Les hacía reír el pensamiento de que Husayn no tardaría en hallarse en un patíbulo otomano. Como soldados, se sentían unidos fraternalmente a los turcos, y no advertían la tragedia y el deshonor de su actitud. Las cosas empeoraron cuando una misión francesa intrigó contra Husayn en las ciudades de Chidda y La Meca, aparte de proponer al abrumado anciano proyectos bélicos que hubieran arruinado su causa a los ojos de todos los musulmanes. En El Cairo, Lawrence era más importunado aún por coroneles y generales, y descubrió que, conocido su gran interés por la rebelión árabe, se disponían a colocarle en un puesto en el que nada podría efectuar para ayudarla. Decidió irse a tiempo. Solicitó permiso para hacerlo y se le negó; por ello, comenzó a portarse de manera tan detestable, que el estado mayor reflexionó que sería una suerte desembarazarse de él. Tenía fama de cachorro impertinente, y la robusteció con una campaña de picotazos: corrigió gramaticalmente los escritos de casi todos sus superiores y comentó su desconocimiento de la geografía y costumbres orientales. La crisis aconteció como sigue: Le telefoneó el jefe de la plana mayor. —¿El capitán Lawrence? ¿Dónde está, exactamente, estacionada la 45 división turca? —En la posición Tal, cerca de Alepo. La componen los regimientos 131, 132 y 133, acuartelados en las aldeas Tal, Tal y Tal. —¿Ha señalado esos pueblos en el mapa? —Sí. —¿Los ha registrado en los archivos de traslados? —No. —¿Por qué? —Porque están más seguros en mi cabeza hasta que se confirme su situación. —¡Ah, ya! Pero no puedo enviar su cabeza a Ismailiya cada vez que se necesiten datos. (Ismailiya dista mucho de El Cairo). —¡Ojalá pudiese hacerlo! —repuso Lawrence y cortó la comunicación. Aquello tuvo el efecto ansiado. Optaron por librarse de Lawrence como fuere. Aprovechó la ocasión y solicitó un permiso de diez días para descansar junto al mar Rojo, con el representante del Foreign Office, Storrs (sería el primer gobernador cristiano de Jerusalén desde las cruzadas), que visitaba al jerife por cuestiones importantes. Le concedieron el permiso. Al propio tiempo, efectuó diligencias para que le transfirieran del servicio de inteligencia militar al «Arab Bureau». (Departamento Árabe), que dependía directamente del Foreign Office. El departamento se había constituido para colaborar en la rebelión arábiga. Lo dirigía un pequeño grupo de personas, algunas como Lloyd y Hogarth, viejos amigos de Lawrence: sabían, en verdad, algo de los árabes… y de los turcos. Resolvieron su traslado el Ministerio de la Guerra y el Foreign Office en Londres, lo que le concedió tiempo. Se proponía llevar a cabo muchas cosas durante los diez días de licencia. VI Lawrence y Storrs llegaron el mes de octubre de 1916 a Chidda, puerto de La Meca en el mar Rojo. (En este punto Lawrence empieza la exposición de sus aventuras en el libro Rebelión en el desierto). Recibió a los dos ingleses Abd Allah, segundo hijo del jerife, caballero en una yegua blanca y rodeado de una escolta, a pie, de esclavos con armas preciosas. Acababa de regresar victorioso de una batalla en la ciudad de al-Taif, más interior que La Meca, de la que distaba relativamente poco, en la cual había derrotado a los turcos en un ataque impetuoso. Estaba de muy buen humor. Se decía de él que era el jefe auténtico de la sublevación, el cerebro que movía a Husayn; pero Lawrence, tras estudiarle, reflexionó que sería buen estadista y útil posteriormente a los árabes, si lograban conquistar la independencia (su juicio del actual rey de Transjordania fue acertado); pero no parecía ser el profeta necesario para triunfar. Era demasiado afable, ladino y alegre: los profetas están hechos de otro barro. El principal objeto de Lawrence en su viaje a Chidda consistía en encontrar al profeta verdadero, si lo había, cuyo entusiasmo encendiese llamas en el desierto. Por lo tanto, decidió buscar en otra parte. Mientras tanto, Abd Allah habló con él de la campaña y le proporcionó un informe destinado al cuartel general de Egipto. Acusó a los ingleses de ser los responsables más abultados de la falta de éxito de los árabes. Habían descuidado cortar el ferrocarril de la peregrinación, por lo que los turcos tuvieron transportes con que trasladar refuerzos a Medina. Faysal había sido alejado de ella y el enemigo congregaba muchas tropas para avanzar hasta Rabig, la ciudad portuaria. Los combatientes de Faysal, que impedían su marcha por los montes, carecían de víveres y pertrechos para resistir mucho tiempo. Lawrence contestó que Husayn había rogado a los británicos que no cortasen la vía férrea, que no tardaría en necesitar para su triunfal avance en Siria, y que había devuelto la dinamita enviada porque era demasiado peligrosa para que los árabes la empleasen. Además, Faysal no había pedido más alimentos o armas desde que se le enviaron los artilleros egipcios.