Desierto

Los sublevados obedecían a las ideas occidentales que habían aprendido en las escuelas estadounidenses fundadas en Turquía, y los métodos militares enseñados por sus consejeros, los alemanes; empero, la cultura y el gobierno de Francia les ofrecieron el modelo más claro de imitación. Objetaban a la idea de Abdul-Hamid de un imperio religioso de un sultán, a la vez cabeza del Estado y director espiritual. Defendían el concepto occidental de un Estado militar —Turquía —, que rigiese los pueblos sometidos simplemente con la espada, en el cual la religión sería cuestión secundaria. Como parte de esta política devolvieron a Husayn y sus hijos a La Meca. Aquel movimiento nacionalista respondía al deseo de autoprotegerse. Las doctrinas de Occidente sobre el derecho de las poblaciones sumisas a gobernarse sin intervención ajena había empezado a arruinar el imperio otomano. Los griegos, servios, búlgaros, persas y otras nacionalidades se habían independizado y establecido gobiernos propios. Había sonado la hora de que los turcos defendiesen lo que les quedaba, adoptando la misma orientación nacionalista. Los Jóvenes Turcos, luego de triunfar del sultán, empezaron a portarse a tontas y a locas. Predicaron la «hermandad otomana», con lo que pretendían reunir a todos los hombres de sangre turca. Turquía sería la amante absoluta de un imperio sometido al estilo francés moderno, y no el Estado principal de uno religioso unido por el idioma árabe y el Corán. También esperaban recobrar la población turca que estaba en poder de los rusos en el Asia central. Pero los pueblos sometidos, cuyo número superaba mucho el de los otomanos, no los entendieron. Viendo que sus señores, incluso en su país, dependían de los griegos, albaneses, búlgaros, persas, etc., para que funcionasen las oficinas gubernamentales, y que éstos se encargaban de todos, exceptuada la actividad militar, supusieron que los Jóvenes Turcos se proponían forjar un imperio como la porción blanca del británico, en el que serían la cabeza de varios Estados libres, con gobierno propio y contribuyendo a los gastos imperiales. Lo advirtieron los Jóvenes Turcos y enseguida manifestaron sus intenciones con claridad meridiana. Al mando de Enver, hijo del ebanista principal del antiguo sultán, y soldado político que había ascendido, se rumoreaba, asesinando a todos los superiores que se interponían en su camino, no se pararon en barras. Los armenios empuñaron las armas para liberarse. Los otomanos los aplastaron —los cabecillas de los sublevados se acobardaron—, y mataron a hombres, mujeres y niños a cientos de miles. Los pasaron a cuchillo no porque fuesen cristianos, sino porque eran armenios y buscaban la libertad. Barbaridad tan indescriptible la facilitó a Enver y sus colegas el natural del soldado raso turco, que se ha descrito como el mejor soldado nato del mundo. Eso significa que es valiente, resistente y tan disciplinado, que no abriga más sentimientos que los que se le permiten tener. Matará y quemará incluso en su misma patria, si se le ordena, y será misericordioso y sensible, si se le ordena. Se cumple su deber. Los árabes, que ya habían comenzado a hablar de independencia, eran más difíciles de tratar, no sólo por ser más numerosos, sino también porque, a diferencia de los armenios, eran semitas, lo cual quiere decir que la idea les fascinaba mucho más. Pues los semitas pueden pender de una idea como si fuese de una cuerda (la frase pertenece a Lawrence). Los sirios, más próximos a Europa, fueron los primeros en contagiarse, y los Jóvenes Turcos los reprimieron con todas las medidas, exceptuada la de cometer una carnicería. Dispersaron a los miembros árabes del Congreso otomano y se suprimieron las sociedades políticas de aquella etnia. Se prohibió en todo el imperio el empleo del idioma arábigo que no tuviera como fin el estrictamente religioso. Se consideró delito punible cualquier alusión a la autonomía árabe. Fruto de la opresión fue el brote de sociedades secretas de carácter revolucionario mucho más violento. Una, la siria, era numerosa, bien organizada y tan capaz de guardar su secreto, que los turcos, aunque sospechaban, no dieron con pruebas claras de quiénes eran sus jefes o sus miembros, y, faltos de ellas, no osaron iniciar otro régimen de terror del género armenio por temor a la opinión europea. Otra sociedad se compuso casi por entero de oficiales árabes que servían en el ejército otomano, los cuales juraron volverse contra sus señores así que se les brindara la ocasión. Fundada en Mesopotamia, era tan fanáticamente proárabe que sus cabecillas se negaron a tratar con los ingleses, franceses y rusos, que pudieron ser sus aliados, porque no creían que, si aceptaban la ayuda europea, se les concediese la libertad que conquistasen. Prefirieron la tiranía conocida a la tiranía posible de varias naciones que conocían de manera oscura. Y al final de la Gran Guerra los miembros de aquella sociedad siguieron mandando divisiones turcas contra los británicos. La siria, en cambio, recurrió al apoyo de Inglaterra, Egipto, el jerife de La Meca, a todos los que pudieran realizar por ella su programa de liberación. Estos grupos de conspiradores crecieron hasta 1914, año en que estalló la guerra mundial. Entonces la opinión de Europa no preocupó tanto y los turcos, con el poder que les confería la movilización general, pudieron actuar sin trabas. Casi un tercio del ejército otomano original hablaba en árabe, y tras los primeros meses de la contienda, cuando se percataron del peligro, los otomanos enviaron los regimientos arabófonos lo más lejos posible de su casa, a los frentes septentrionales, y los colocaron en primera fila en un abrir y cerrar de ojos. Pero, antes, se descubrió que algunos revoltosos sirios pedían auxilio a Francia para que colaborase en su lucha por la independencia, y aquello proporcionó el pretexto para establecer el terror. Los árabes musulmanes y cristianos fueron apiñados en las mismas celdas, y a finales de 1915 toda Siria se había unido en una causa que el castigo fortaleció. A principios del mismo año, los alemanes, sus aliados, convencieron con argumentos y presiones a los Jóvenes Turcos de que, para ganar la guerra, que los estaba acorralando, tenían que suscitar el entusiasmo religioso proclamando la guerra santa. Pese a su anterior decisión de conceder a la religión mínimo papel en el imperio, la guerra santa se hacía necesaria por más de una razón: ansiaban el soporte del partido religioso turco; deseaban que sus soldados, tan mal alimentados como equipados, luchasen con bravura, persuadidos de que irían en derechura del paraíso si perecían; y anhelaban que los combatientes musulmanes de los ejércitos francés y británico depusieran las armas. Esperaban que semejante proclamación tendría inmenso efecto, sobre todo en India. Por lo tanto, se anunció la guerra santa en Constantinopla y se invitó, mejor, se conminó, al jerife de La Meca a que la aprobase. El curso del conflicto habría tomado otro cariz si Husayn hubiese accedido. Pero se negó. Odiaba a los turcos, a los que reconocía como pésimos musulmanes, sin honor ni buenos sentimientos, y creía que la verdadera guerra santa sólo podía ser defensiva, y aquélla era eminentemente agresiva. Además, la alianza con Alemania, cristiana, la hubiera hecho absurda. Se negó, repetimos. Husayn, sagaz, honrado y muy piadoso, se encontró en una difícil posición. La peregrinación anual se interrumpió con el estallido del conflicto mundial y, con ella, una fuente importante de ingresos. Como era para los aliados súbdito del enemigo, se corría el riesgo de que interrumpieran la navegación de los barcos que transportaban alimentos desde India. Y, si enfurecía a los otomanos, se exponía a que no le enviasen comida en el ferrocarril del desierto.