Costa

La matanza provocó horror incrédulo en toda Arabia. La primera regla de sus belicosos moradores consistía en respetar a las mujeres y niños demasiado jóvenes para luchar; los bienes que no podían transportarse en una incursión habían de dejarse intactos. Los hombres de Faysal aprendieron lo que Faysal ya sabía: que los turcos no se paran en barras. Se retiraron a discutir qué habían de hacer. El honor les obligaba a luchar hasta el último hombre para vengar la mortandad; pero sus armas no valían nada comparadas con los fusiles, ametralladoras y cañones modernos turcos (y alemanes). Los otomanos, comprendiendo que se hallaban en estado de sitio o a punto de ser cercados, expulsaron de Medina a muchos centenares de ciudadanos pobres, con el objeto de no tener que alimentarlos. El ataque de Faysal había de coincidir con el de su padre contra los turcos de La Meca. Husayn tuvo más suerte. Logró tomar la ciudad a la primera embestida, pero tardó varios días en silenciar los fuertes turcos que la dominaban desde las alturas circundantes. Los otomanos cometieron la locura de bombardear la mezquita, meta de la peregrinación anual, en la que se hallaba la Caaba, santuario cúbico, en una de cuyas paredes está la piedra negra, venerada como dadora de lluvia mucho tiempo antes de Mahoma, el cual la exceptuó, casi a la fuerza, de la prohibición de adorar ídolos y objetos idolátricos. Se dice de ella que cayó del cielo, y sin duda fue así, porque se trata aparentemente de un meteorito. Durante el bombardeo, un proyectil mató a varios fieles que rezaban al pie de la Caaba, y otro escalofrío de horror sacudió el mundo musulmán. Se conquistó Chidda, el puerto de La Meca, con la ayuda de la armada británica. Y toda la provincia, salvo Medina, quedó limpia de turcos al cabo de cierto tiempo. En su campamento, situado al oeste de la ciudad, Faysal y Alí enviaron mensajero tras mensajero a Rabig, puerto del mar Rojo, por la carretera que daba un rodeo entre Medina y La Meca. Sabían que los británicos, a petición de su padre, descargaban pertrechos militares en aquella población. No consiguieron, sin embargo, de Rabig sino algunos víveres y una partida de fusiles japoneses, herrumbroso recuerdo de la batalla de Port Arthur, dada diez años antes. Reventaban así que se apretaba su gatillo. Husayn permaneció en La Meca. Alí acabó por ir a enterarse de lo que acontecía. Averiguó que el jefe de Rabig había decidido que los turcos vencerían y optó por unirse a ellos. Alí hizo un alarde, recibió el refuerzo de su hermano Zayd y el jefe escapó a las montañas, convertido en forajido. Entre los dos se apoderaron de sus aldeas, donde descubrieron grandes reservas de armas y alimentos salidos de las naves británicas. No pudieron resistir la tentación de descansar y explayarse. Se quedaron donde estaban. Faysal tuvo que encargarse de guerrear a solas, a unos doscientos kilómetros tierra adentro. En agosto de 1915, visitó otro puerto del mar Rojo, más septentrional que Rabig, llamado Yanbu, en el que la escuadra británica había desembarcado una fuerza de infantería de marina y dominado la guarnición turca. En Yanbu encontró un coronel delegado del alto comisario de Egipto, y le pidió respaldo militar. Al cabo de algún tiempo, recibió una batería de artillería de montaña y varias ametralladoras Maxim, que manejarían artilleros egipcios. Los combatientes de Faysal se alborozaron al verlas llegar a los alrededores de Medina, convencidos de que ya eran los iguales de los otomanos. Avanzaron en tropel y dominaron las avanzadillas turcas y, después, los puntos de apoyo. El comandante de la ciudad se alarmó. Reforzó el flanco amenazado y recurrió a piezas más pesadas, que hicieron fuego desde gran distancia contra los árabes. Un obús estalló cerca de la tienda en que Faysal consultaba a su estado mayor. Se pidió a los artilleros egipcios que replicasen a las descargas y desmontasen los cañones enemigos. Contestaron que no podían efectuarlo, porque se hallaban casi a ocho mil metros de distancia y el alcance de sus piezas —cañones Krupp de veinte años de edad— no iba más allá de los tres mil. Los árabes se rieron con desdén y se retiraron de nuevo a los desfiladeros de los montes. Faysal estaba desanimado. Al cansancio de sus hombres se sumaban las numerosas bajas. El dinero se agotaba y su ejército se deshacía poco a poco. Le disgustaba tener que actuar a solas, mientras su hermano Abd Allah se hallaba en La Meca, y Alí y Zayd en Rabig. Retrocedió con el grueso de su hueste a una posición más próxima a la costa, dejando que las tribus se dedicasen a su diversión favorita de repentinos ataques a las columnas turcas de aprovisionamiento y golpes de mano a los puestos avanzados. En este período de la historia de la rebelión, apareció Lawrence y cambió el curso de los sucesos.