Coronel

Le enviaron a Stenas para que se pusiera en contacto con el grupo levantino del servicio secreto británico, que representó en Egipto hasta que la misión fue demasiado importante para que cuidase de ella un oficial de su rango. Intervino en la busca de información sobre las sociedades revolucionarias antibritánicas de Egipto y, como los egipcios no eran tan leales a ellas como los sirios y mesopotámicos, recibía constantes visitas; individuo tras individuo se ofrecieron a delatar a sus compañeros hasta que casi conoció toda la sociedad. Su mayor apuro estribaba en evitar que coincidieran en la escalera. La vida social le aburría. «No lo paso bien aquí —escribió a finales de marzo de 1915—. Me codeo con una multitud vestida de caqui, que sólo piensa en banqueros, desfiles y comidas. Como los rehúyo del todo, me acusan de esnob». En abril de 1916, le destinaron a Mesopotamia, con un quehacer que apenas le interesaba y con una intención conocida sólo de colegas, muy pocos, dignos de confianza. El ejército de Mesopotamia constaba de una mezcla de tropas indias y británicas, que habían caminado desde el golfo Pérsico a lo largo del Tigris. Al principio, tuvieron éxito, pero las enfermedades, las dificultades de transporte, la mala estrategia y fuertes contingentes turcos convirtieron el avance en retirada. Poco más tarde, el general Townshend y sus hombres, muy numerosos, fueron copados y sitiados en la ciudad de al-Kut. Faltaban víveres. Se estaba seguro de su rendición, porque los refuerzos de India no llegarían a tiempo. La tarea oficial de Lawrence, que le había asignado directamente el Ministerio de la Guerra londinense, era presentarse en secreto al comandante turco que cercaba al-Kut y convencerle de que no apretara las tuercas. Se creyó posible que un rico soborno cumpliría el milagro, ya que los propios otomanos se hallaban en dificultades. Tenían pocos soldados —los regimientos de habla árabe se mostraban revoltosos sin disimulo—, y el ejército ruso, al norte, había tomado Erzurum, capital del Kurdistán, en una batalla famosa por haberse dado en la nieve. Los rusos se dirigían a buen paso hacia Anatolia, la provincia natal de los turcos. Por todo ello, el asedio podía desbaratarse en cualquier momento. De hecho, la toma de Erzurum había sido «amañada» —la novela del coronel Buchan, Greenmantle, encierra harto más que un viso de autenticidad— y el Ministerio esperaba que lo mismo se repitiera en al-Kut. Sin embargo, Lawrence había dicho a sus superiores que nada se sacaría con los sobornos, como no fuese animar a los turcos. Su jefe, sobrino de Enver, caudillo de los Jóvenes Turcos, no tenía por qué preocuparse por el dinero. No agradaba la idea de la entrevista a los generales británicos destacados en Mesopotamia. Dos dijeron a Lawrence que sus intenciones (las cuales ignoraban) eran deshonrosas e impropias de un soldado (jamás había pretendido serlo). El ejército mesopotámico dependía del gobierno de India, y aunque lord Kitchener, general en jefe de las fuerzas imperiales británicas, había hecho avances al principio de la guerra a dos líderes de la sociedad secreta que exigía la independencia de Mesopotamia, para ofrecerles ayuda en una sublevación que eliminase de golpe a los turcos del país, le habían estorbado. El gobierno indio temía no poder conceder a los árabes rebeldes los beneficios de la protección británica, que había conseguido Birmania unos años antes: los mesopotámicos desearían conservar la libertad adquirida. Por lo tanto, se frenó la ayuda que Kitchener estaba dispuesto a otorgarles, y no hubo rebelión. En vez de ello, se envió de India un ejército para que actuase sin los árabes, y los resultados fueron desastrosos. Británicos e indios fueron considerados tan invasores como los mismos otomanos, y no sólo no obtuvieron apoyo, sino las tribus locales los atacaron y robaron. La intención personal de Lawrence, la verdadera razón de su viaje, era la de comprobar si la situación de Mesopotamia permitía la cooperación local, según el criterio nacionalista, entre los británicos y las tribus del Eufrates, que conocía bien desde su estancia en Karkemish. Algunas ya se habían rebelado —esperando ponerse en contacto con la importantísima tribu de Ruwalla, del desierto sirio septentrional—, y con su asistencia, cortar cuanto antes las comunicaciones turcas, impidiendo el tráfico fluvial y atacando las columnas de suministro, hasta que el ejército que rodeaba al-Kut se convirtiera de sitiador en sitiado. Al-Kut podía sostenerse mientras él hacía los preparativos, siempre y cuando otros ocho aeroplanos lanzasen provisiones a la población. Pero no consiguió nada. La política de liberar a Mesopotamia sin la colaboración árabe, y de convertirla en parte del imperio, se mantuvo con testarudez; casi se prefería ceder el país a los turcos antes que admitir a los árabes como fuerza política. La consecuencia fue que Lawrence no llevó a cabo lo que se proponía. La conferencia con el general turco, a la que acudió con otros dos hombres a través de las líneas enemigas, con una bandera blanca y los ojos tapados con un pañuelo, fue simplemente un intento de rescatar, por motivos humanitarios o interesados, a los miembros de la guarnición de al-Kut cuya salud se había resentido a causa del asedio, y a los que el cautiverio mataría, y de convencerle que no castigase a los viles árabes de al-Kut que los hubiesen ayudado. Efectuadas estas cosas, aunque de modo poco satisfactorio —cambiaron unos mil enfermos por la misma cantidad de turcos sanos, cuando hubiesen debido ser tres mil—, la conferencia pasó a ser un mero cambio de palabras corteses, a las que Lawrence y el coronel Aubrey Herbert, que le acompañaba, no se sumaron. En el instante en que el otomano dijo: «En resumidas cuentas, caballeros, nuestros fines como constructores de un imperio son los mismos que los suyos. Nada nos separa», Herbert replicó con sequedad: «Sólo un millón de cadáveres armenios». Y la entrevista concluyó inmediatamente. Lawrence tenía otra misión, la de exponer al estado mayor británico en Mesopotamia, en representación del alto comisario de Egipto, que el auxilio prometido al jerife Husayn no suponía apoyo alguno a su aspiración al califato, cabeza espiritual del mundo islámico, como se creía con alarma en India. El califa oficial era todavía el antiguo sultán Abdul-Hamid. Cumplido el encargo, se fue, al-Kut se rindió (la mitad de la guarnición pereció en el cautiverio y los turcos ahorcaron a cierto número de civiles árabes), y el resto del ejército de Gran Bretaña, cuyo avance seguía molestando a las tribus locales, sufrió enormes pérdidas y tardó dos años en llegar a Bagdad.