Cargo

Cada año, desde hace bastante más de un milenio, se celebra una gran peregrinación de todas las regiones del mundo islámico a esas dos ciudades. La ruta más célebre parte de Damasco, en Siria, y se encamina al sur cruzando desiertos, en un trayecto de mil novecientos treinta kilómetros. Hasta hace poco tiempo, era un arduo viaje a pie o en camello, del que millares de peregrinos, la mayoría ancianos, que cumplían aquel deber religioso por última vez, no regresaban. Entonces, una de las principales fuentes de ingresos de las tribus beduinas era la peregrinación anual. Vendían comida y animales a los caminantes, y cobraban una tasa por dejarles transitar por su territorio. Y si no les pagaban, atacaban a la caravana y expoliaban a los rezagados. Los beduinos veían con desprecio a los peregrinos, la mayoría de los cuales procedían de ciudades sirias y turcas, y los consideraban presa lógica. Se tendió, al fin, una vía férrea entre Damasco y Medina, y los peregrinos, poco antes de la Gran Guerra, pudieron alimentar la esperanza razonable de que volverían sanos y salvos a sus lares. Sólo quedó un trecho sin ferrocarril entre Medina y La Meca. El tren fue obra que ingenieros alemanes llevaron a cabo para los turcos. El pretexto de su construcción fue piadoso, pero su motivo real consistió en permitir que las tropas del sultán Abdul-Hamid tuvieran acceso a las ciudades santas sin tener que pasar por el canal de Suez. Hay que hablar algo de los turcos, como se ha hecho de los árabes. No pertenecen al linaje de Sem, pues llegaron del Asia central; se convirtieron tardíamente al islamismo, como los prusianos al cristianismo, y se establecieron en Anatolia, en Asia Menor. Son, también como los prusianos, gente nacida principalmente para guerrear, obtusos, brutales y resistentes; su virtud primordial es la muy militar de unirse contra sus vecinos, a los que dividen y vencen como los romanos. Luego de los exultantes días de la conquista musulmana, en los que los árabes recorrieron triunfadores medio mundo, hubo que organizar el nuevo imperio para consolidarlo. Careciendo de sentido administrativo y de gobierno, hubieron de confiar en los pueblos no semíticos que habían conquistado para estructurarlo. Aquí entraron los turcos, primero como sirvientes, luego como colaboradores y finalmente como señores de la estirpe arábiga. Se transformaron en tiranos y quemaron y destruyeron todo lo que por su superioridad o belleza molestaba a su mente militar. Despojaron a los árabes de sus posesiones más ricas y no les dieron nada a cambio. Ni siquiera fueron grandes constructores de vías y puentes, ni desecadores de pantanos, como los romanos. Descuidaron las obras públicas y se mostraron hostiles al arte, la literatura y las ideas. Los árabes, con sus tempranas conquistas de España y Sicilia, habían contribuido a fomentar la cultura durante la baja Edad Media: el origen arábico de muchos términos científicos y técnicos atestiguan lo esencial de su mediación. Desde luego, imitaron más que crearon, y las ideas que aportaron fueron reliquias del saber clásico obtenido en la ciudad egipcia de Alejandría antes de que se extinguiera. Mas, comparados con los otomanos, siempre parecieron cultos, prósperos y hasta progresistas. El régimen turco fue un desarrollo parasitario, que sofocó el imperio como la hiedra acaba con el árbol. Tuvo la astucia de hacer que se enfrentasen las comunidades sometidas, y la de enseñarles que la política de una provincia, o sea local, tenía más importancia que la nacionalidad. Eliminaron poco a poco la lengua arábiga de los tribunales, oficinas, servicio gubernamental y escuelas superiores. Los árabes servirían al Estado, al imperio otomano, sólo si imitaban a los turcos. Ciertamente, se opuso gran resistencia a tal tiranía. Hubo muchas revueltas en Siria, Mesopotamia y Arabia; pero los señores eran demasiado fuertes. Los árabes perdieron su orgullo racial y todas sus magníficas tradiciones. Sin embargo, había algo que no podían robarles, el Corán, el libro sagrado de todos los musulmanes, cuyo estudio es el primer deber religioso del creyente, tanto árabe como turco. El Corán es no sólo el fundamento del sistema legal usado en todo el orbe islámico, salvo donde, posteriormente los otomanos impusieron su código, más occidentalista, sino la muestra más bella de la literatura arábiga. Al leerlo, los árabes tuvieron una piedra de toque para apreciar el embotamiento mental de sus señores. Y consiguieron conservar su lenguaje, rico y flexible, y, al propio tiempo, empedraron el turco de palabras arábigas. El último sultán de Turquía, Abdul-Hamid, que reinó en los primeros años de este siglo, fue más allá que sus predecesores. Envidiaba el poder del gran jerife de La Meca, cabeza de la familia venerada de los jerifes (o descendientes del profeta Mahoma) y gobernante muy respetado de la ciudad sacra [2] . Los sultanes anteriores, comprendiendo que el jerife mequí era demasiado poderoso para destruirlo, halagaron su dignidad confirmando solemnemente al jerife que elegía su misma familia, que constaba de unas dos mil personas. Abdul-Hamid, que, por motivos autocráticos, hacía resaltar su título hereditario de califa o príncipe de los creyentes (los musulmanes ortodoxos), quería que las ciudades santas estuvieran bajo su administración directa. Hasta entonces había puesto en ellas guarniciones de soldados enviados por el canal de Suez. Luego decidió construir el ferrocarril de los peregrinos y aumentar la influencia otomana entre las tribus árabes con dinero, intrigas y expediciones armadas. Finalmente, no contento con entrometerse en el gobierno jerifiano en La Meca, llevó importantes miembros de la familia de Mahoma a Constantinopla, como rehenes que garantizaran la buena conducta de los restantes. Entre los cautivos figuraron Husayn, el futuro jerife, y sus hijos Alí, Abd Allah, Faysal y Zayd, importantes en esta historia. Husayn les dio educación moderna en Constantinopla y la experiencia que después les ayudó como jefes de la rebelión árabe contra los otomanos. Pero hizo de ellos, asimismo, buenos musulmanes y, cuando regresó a La Meca, cuidó de curarlos de toda molicie occidental. Los despachó al desierto al mando de las tropas jerifianas que vigilaban la ruta de peregrinación entre Medina y La Meca, y retuvo a cada uno largos meses en aquel cargo.