Camello

Y no soporta entonces que le contradigan. Acaso su rasgo personal más inesperado sea el de que nunca mira a nadie a la cara, y nunca reconoce una. Es algo hereditario: un día su padre le pisó en la calle y siguió adelante sin pedirle perdón ni advertir quién era. No reconocería siquiera a su madre o hermanos si los encontrara de repente. La práctica inveterada consiente que hable largo y tendido, durante veinte minutos, por ejemplo, con quien le aborde, sin revelar que no tiene la menor idea de quién es. Sin embargo, recuerda los nombres y detalles de aficiones y carácter, así como las palabras, opiniones y lugares, de manera vivida y por extenso. Hace lo que puede para evitar esta deficiencia, pero se halla en continuos apuros por no reconocer y saludar a los oficiales vestidos de paisano, porque nadie está dispuesto a aceptar sus explicaciones. Jamás ha sido dogmático en materia religiosa o política: no cree en un Absoluto filosófico. Le disgustan las multitudes o cualquiera que base su autoridad sólo en pertenecer a una sociedad o credo dado. Claro, espera que los individuos se encuentren a ellos mismos y sean leales a su modo de ser, y consientan que sus vecinos hagan otro tanto. Desearía que cada hombre fuese una pregunta perdurable. Puede ser implacable hasta rayar en la crueldad: el embate de su cólera, una cólera fría, calmosa y risueña, es violento. Oír, verbigracia, de qué suerte abruma a un impostor, que pretende haber servido durante la guerra en Oriente, en esta o aquella unidad, o cómo recuerda a un valentón que mandó deliberadamente a sus hombres a la muerte en una provincia u otra, es una experiencia aterradora. Pero ido el ofensor, se apaga su ira sin dejar rastro. No gustan a Lawrence los niños (o los perros o los camellos) en cantidad, como colectivo, de la forma sentimental ordinaria. Le agradan algunos niños (como también algunos perros y algunos camellos). Se aparta del resto. Los compadece, le apenan, por ser criaturas obligadas, sin que se les consultase, a vivir una existencia en que, si son buenas, acabarán por sufrir desengaños. Ello no obsta a que en ocasiones hable con un chiquillo como si fuese un ser independiente y no mero eco, más o menos despabilado, de sus padres. Tiene en poco, a lo que parece, a la raza humana, y no le interesa su pervivencia. Como a Swift, no le atrae sentimentalmente la hermandad universal. Desdeña las obras de los hombres. Ha llegado a este estado de ánimo y convicción, imagino, por el mismo camino que Swift: por un abrumador sentido de la libertad personal, magnanimidad e intenso deseo de perfección tan claramente inalcanzable, que apenas justifica el intento de buscarlo. Tal vez podamos concluir que cuando, en 1922, su desdén por la multitud se hizo tan fuerte, y advirtió que se estaba transformando en una limitación para él; cuando descubrió, de hecho, tras el triunfo aparente de la aventura árabe, que, al evitar la máscara de héroe popular, se retraía cada vez más y cada vez más se interesaba por no ser otro que él mismo, tomó una decisión abrupta: se alistó, se ligó a una vida que le forzaba perpetuamente a ser un miembro de la multitud despreciada. El ejército y las fuerzas aéreas son el equivalente moderno del monasterio, y, al cabo de un lustro, no lamenta haber elegido una vida casi tan física como la de un animal, con comida y bebida seguras, una jornada de trabajo con arnés y un establo al final del día, hasta que amanezca el siguiente, en que se repite el trabajo del anterior. Lo que describe como «amor a la publicidad» de Lawrence se interpreta con mayor acierto como el ardiente anhelo de conocerse a sí mismo, pues nadie puede ser uno mismo sin conquistar ese conocimiento. Le es indiferente la publicidad entendida como aquello que se publica sobre él; le divierte lo que lee acerca de su persona. Pero deja de divertirle cuando conoce a quienes creen cuanto se ha publicado sobre él y se portan como si la leyenda fuese verdad. Niega esa leyenda y le contestan «¡Qué modestos son los héroes!»; y casi vomita de asco. No cree que existan héroes o que hayan existido; sospecha que todos fueron unos farsantes. Si le importa a veces lo que la gente piensa de él, se debe sólo a que su opinión puede orientarle sobre la clase de hombre que es mucho más que cualquier examen introspectivo. Se le ha tildado a menudo de vanidoso, porque ha posado para tantos pintores y escultores —se ha negado a ello únicamente en cuatro ocasiones— pero sus razones fueron lo más opuesto a la vanidad. Un engreído tiene idea precisa de sí mismo y trata de imponerla a sus vecinos. Lawrence posa para que le retraten, ya que se propone descubrir qué es mediante el efecto que produce al artista. Y que no es vano lo expresa el hecho de que no tiene ni uno de sus retratos, salvo uno sin ningún valor. Acepta la opinión de que es una engañifa y un comediante, sobre todo, quizá, porque las personas que son engañifas y comediantes le conciben como un reflejo de ellas mismas. Otra razón motiva que «pose», la de que los artistas (en la acepción amplia) son la única clase de seres humanos a la que le agradaría pertenecer. Alivia su resquemor, que, acertadamente o con desacierto, siente de no serlo, observándolos mientras laboran y proporcionándoles un modelo. Ha trabajado mucho en intentos escultóricos; me contó que en alguna parte, creo que en Siria, dejó en la techumbre de una casa doce estatuas de tamaño natural que había ejecutado. Ciertos decorados exteriores de una capilla disidente de la Iglesia anglicana, en la Iffley Road de Oxford, son obra suya, pero carecen de firma y no se distinguen por ello de los otros. He visto trabajos de orfebrería que ha realizado. Ha escrito poemas; quedan mucho más lejos de lo que intentaba hacer que las obras de sus manos, porque la poesía ofrece más libertad que éstas. El principal castigo, o azote, de Lawrence consiste en que no puede dejar de pensar, y por pensar entiende la actividad mental que no es simple ponderación de una serie de hechos dados, sino un proceso más intenso y arduo, con que formula sus hechos y pruebas a medida que progresa, y los destruye una vez ha terminado de rumiarlos. Entre todas las personas que conozco sólo hay tres que piensen, y Lawrence es una de ellas. Parece extender perpetuamente su mente en todas las direcciones y encuentra poco o nada: «arremetiendo sin sentido como un camello ciego en la tiniebla», según expresó un poeta árabe. Por lo menos, tal esfuerzo parece endurecer y dar mayor eficacia a la mente.