Calabacines

La jornada, que empezó por un pedregal, siguió por arena blanca y pura. El resplandor deslumbraba. Lawrence, cansado de entornar los ojos, arregló el pañuelo de cabeza en una visera y se tapó la cara con el resto. El calor arrancaba ondas del terreno. Al fin se desviaron del camino de peregrinación y tomaron un atajo hacia el interior, por un suelo que se alzó gradualmente, lleno de bordes rocosos y arena movediza. En aquel paraje medraba hierba dura como el alambre y matojos, en los que pastaban unas cuantas ovejas y cabras. El guía señaló a Lawrence un mojón y dijo, con algún alivio, que se hallaban en tierras de su tribu y que ya podían despreocuparse. Al anochecer llegaron a un grupo de veinte chozas, donde el guía compró harina y amasó, con agua, un pan de cinco centímetros de grosor y veinte de diámetro. Lo coció en un fuego de maleza que le cedió una mujer y, limpiando las cenizas, lo compartió con Lawrence. Habían recorrido noventa y seis kilómetros desde Rabig, a contar de la noche anterior, y tendrían que caminar otro tanto antes de encontrar el campamento de Faysal. Lawrence estaba rígido y entumecido, con la piel entre reseca e hinchada, y los ojos fatigados. Permanecieron en el caserío un par de horas, y cabalgaron en una oscuridad total valles arriba y valles abajo. Debían de avanzar sobre arena, porque no se percibía ruido alguno, con el único cambio del color de las depresiones y el fresco —relativo— de los lugares abiertos. Lawrence se dormía y se despertaba de pronto, casi mareado, echando mano de la cruz de la silla para recobrar el equilibrio. Se detuvieron mucho después de medianoche, descansaron tres horas y reanudaron el camino bajo la luna. La ruta atravesaba árboles, a lo largo de un curso de agua, con cimas puntiagudas a los lados, negras y blancas a la luz lunar: el aire sofocaba. El día despuntó cuando entraban en una porción más ancha del valle, en el que el viento levantaba columnas giratorias de polvo aquí y allí. A la derecha había otra aldehuela de chozas castañas y blancas, semejantes a casas de muñecas, al pie penumbroso de un despeñadero de centenares de metros de altura. De las viviendas salió, al fin, un viejo charlatán montado en un camello, que se unió a ellos. El guía le respondía con laconismo, en prueba de que estaba de más, y el anciano, para bienquistarse, metió la mano en el bolso de su silla y les ofreció comida: pan del día anterior pringado de manteca derretida y espolvoreado de azúcar. Se hacían de él bolas con los dedos y así se consumía. Lawrence aceptó un pedacito, pero el guía y su hijo comieron con voracidad. Por lo tanto, la provisión menguó notablemente, y así tenía que ser, porque se considera afeminado el árabe que lleva mucha provisión de boca para un simple viaje de ciento sesenta kilómetros. El viejo dio noticias de Faysal: la víspera había repelido un ataque y tenía algunos heridos. Mencionó los nombres de éstos y detalles de su heridas. Cabalgaban sobre suelo firme de guijos, entre acacias y tamariscos, y las largas sombras que proyectaban en la luz matinal. El valle parecía un parque de cuatrocientos metros de anchura. Lo encajaban farallones de trescientos metros de elevación, castaños y rojioscuros, con manchas rosadas, que ostentaban en la base largas vetas de piedra de color verde oscuro. Once kilómetros más adelante encontraron una barricada destartalada, que cruzaba el valle y se encaramaba por las laderas, cuya inclinación lo consentía. En el centro había dos recintos murados. Lawrence preguntó al viejo qué era aquello, el cual le respondió, sin venir a cuento, que había estado en Damasco, Constantinopla y El Cairo, y que tenía amigos entre los personajes egipcios. ¿Conocía Lawrence a algún británico de Egipto? Le intrigaban las intenciones del joven y trató de engatusarle pronunciando frases en egipcio. Lawrence le contestó en el dialecto sirio de Alepo, a lo que el anciano enumeró a los sirios prominentes que conocía. Lawrence también los conocía. El hombre se puso a hablar de política, del jerife y sus hijos, y le preguntó qué haría Faysal. Lawrence, como siempre, evitó la respuesta; además, no conocía los proyectos del emir. El guía terció cambiando de tema. Posteriormente, Lawrence supo que el viejo espiaba a sueldo de los turcos, y solía informar con frecuencia a Medina de lo que, con destino a Faysal, pasaba por su aldea. A lo largo de la mañana, cruzaron otros dos valles y una serie de colinas y llegaron a un tercer valle, donde el viejo espía les había dicho que no tardarían en encontrar al emir. Se detuvieron en un pueblo grande, donde había una extensión de agua clara de sesenta metros de largo por ocho de ancho, bordeada de hierbas y flores. Unos esclavos negros les dieron pan y dátiles —los mejores que Lawrence había probado— en la casa de un hombre principal. Éste se hallaba con Faysal, y su esposa e hijos estaban en tiendas en el monte cuidando sus camellos. Los valles se hallaban infestados de fiebre y los árabes sólo pasaban cinco meses al año en sus viviendas. Los negros atendían sus bienes en su ausencia. No les importaba el clima y prosperaban con la horticultura, cultivando melones, calabacines, cohombros, uvas y tabaco, lo que les proporcionaba algún dinerillo. Se casaban entre sí, edificaban sus casas y recibían buen trato de los árabes. Se había manumitido a tantos, que sólo en aquel valle había trece poblados puramente negros. Comidos el pan y los dátiles, los viajeros subieron por el valle, de unos cuatrocientos metros de anchura, enmarcado por rocas desnudas, encarnadas y negras, con resaltes y aristas cortantes. Así avistaron grupos de soldados de Faysal y rebaños de camellos que pacían. El guía cambió saludos con ellos y apretó la marcha hacia la aldehuela en que el emir había sentado sus reales. Se componía de un centenar de casas de barro, con huertos lujuriantes. Se habían edificado sobre montones de tierra de seis metros de altura, que se formaron cuidadosamente, capazo tras capazo, durante generaciones. Aquello las convertía en islas en la estación de las lluvias, cuando el agua se deslizaba entre ellas. En la aldea en donde habían estado poco antes había decenas de islas como aquéllas, pero habían sido arrastradas a cientos y sus ocupantes se ahogaron en el chubasco diluvial que habían sufrido hacía algunos años: una pared de agua de dos metros y medio de altura recorrió el valle y arrasó cuanto encontró en su carrera. El guía los condujo a uno de aquellos islotes e hicieron arrodillarse los camellos en la entrada del patio de una casa larga y baja. Un esclavo, con una espada de puño de plata en la mano, llevó a Lawrence a otro patio, más interior.