Ballet

Faysal le asignó una escolta de catorce nobles de la tribu de los Chuhayna. Partió al atardecer. La misma tierra desolada, pero más abrupta, de valles someros y colinas de lava, y, por último, una gran extensión arenosa hacia el mar distante. A la derecha, a treinta y dos kilómetros, el gran Chabal Rudwa, uno de los montes más altos del país, se erguía verticalmente en la llanura. Lawrence lo había contemplado desde ciento veinte kilómetros, en la aguada en que Alí ibn al-Husayn y su primo habían abrevado sus monturas. En Yanbu, se albergó en la casa del agente de Faysal y escribió su informe mientras esperaba el barco que le transportaría. La embarcación apareció a los cuatro días. La mandaba el capitán Boyle, que había colaborado en la toma de Chidda. Le disgustó Lawrence a simple vista, porque llevaba un pañuelo en la cabeza como los nativos, prenda impropia de un soldado. Con todo, le transportó a Chidda, donde encontró a Sir Rosslyn Wemyss, almirante de la armada del mar Rojo, que se disponía a zarpar hacia el Sudán. La flota de Wemyss había sido muy útil al jerife. Le concedió cañones, ametralladoras, partidas de desembarco y todo género de ayuda. En cambio, el ejército de Egipto nada hacía en pro de la rebelión. El único apoyo militar salió del ejército egipcio autóctono, las solas fuerzas que dependían del alto comisario. Lawrence navegó con el almirante hasta Port Sudán, donde encontró a dos oficiales ingleses del contingente egipcio que mandarían a los soldados de la misma nacionalidad que estaban con el jerife, y adiestrarían las fuerzas regulares que se creaban en Rabig. De uno, Joyce, volveremos a hablar; el otro, Davenport, hizo mucho por el ejército árabe, pero, por trabajar en el teatro meridional de los acontecimientos, no estuvo con Lawrence en la campaña del norte. En Jartum, habló con el general en jefe del ejército egipcio, que días después fue nombrado alto comisario de Egipto. Antiguo creyente en la rebelión, se alegró de conocer las noticias esperanzadoras de que Lawrence era portador. Éste fue a El Cairo acompañado de los buenos deseos del general. En la capital egipcia se discutía con ardor la posibilidad de un avance turco contra La Meca. La cuestión era si debía enviarse a aquella ciudad una brigada aliada. Ya habían partido aeroplanos hacia ella. Los franceses anhelaban que se diera aquel paso. Su representante en Chidda, un coronel, había llevado recientemente a Suez, para tentar a los británicos, artillería, ametralladoras, caballería e infantería musulmanas de la colonia de Argelia, al mando de oficiales franceses. Casi se había determinado enviar con ellos tropas inglesas a Rabig, bajo la autoridad del coronel galo. Lawrence se dispuso a interrumpir aquella operación. Dirigió al cuartel general un enérgico informe, según el cual las tribus árabes eran capaces de defender los montes interpuestos entre Medina y Rabig, si se les suministraban piezas de artillería y consejos; en cambio, escaparían a sus tiendas si se enteraban del desembarco extranjero. Además, durante su viaje, se había enterado de que la carretera de Rabig, la más utilizada, no era la única vía de comunicación con La Meca. Los turcos podían atajar utilizando pozos que ningún informe había mencionado, y soslayar Rabig. Por lo tanto, una brigada resultaba inútil desde cualquier punto de vista. Acusó al coronel francés de tener motivos especiales (no militares) para desembarcar sus tropas, y de intrigar contra el jerife y los británicos. Y demostró lo que aseveraba con pruebas fehacientes. El general en jefe del ejército británico se alegró del informe de Lawrence, porque no deseaba cooperar en una acción secundaria y más bien teatral. Convocó a Lawrence. El jefe del estado mayor se apartó con él, le habló en tono amistoso y protector de temas sin importancia, y de qué estupendo era que hubiese estado en Oxford un año —pensaba, evidentemente, que su subordinado era un jovenzuelo que había abandonado la universidad en el primer curso para incorporarse a las fuerzas armadas—, y le rogó que no espantase ni animase al general en jefe a mandar tropas a Rabig, porque no tenían hombres que malgastar en operaciones triviales. Lawrence accedió con la condición de que el jefe de estado mayor se encargaría de enviar, por lo menos, pertrechos, armamentos y algunos oficiales expertos. Cerraron el trato y lo cumplieron. Divirtió mucho a Lawrence el cambio de actitud de la plana mayor. Ya no era un cachorro petulante, sino un capitán valiosísimo, muy inteligente, que escribía con mordacidad. Todo porque, ¡oh, maravilla!, su opinión de la rebelión les convenía. Se cuenta que se preguntó al general en jefe, después de la entrevista, qué le parecía Lawrence. Se limitó a contestar: —Sufrí un desengaño. No se presentó con zapatillas de ballet. El jefe del Arab Bureau, al que se transfirió el joven, era hombre amistoso. Le dijo que debía ser el consejero militar de Faysal. Lawrence protestó que no era militar por vocación, que rehuía las responsabilidades y que Londres no tardaría en enviar oficiales de carrera para que dirigiesen la guerra con eficacia. Se prescindió de sus protestas. Los oficiales de carrera posiblemente no llegarían hasta que hubieran transcurrido meses y, mientras tanto, un inglés responsable había de asistir al emir. Por consiguiente, cediendo a otros sus tareas cartográficas, su Arab Bulletin (crónica secreta de los progresos del movimiento revolucionario) y sus informes sobre el paradero de las divisiones turcas, se aprestó a desempeñar un papel por el que no sentía la menor inclinación.