Arabes

Aquel problema, el de si debía ser leal a los árabes o a Inglaterra, cuando aquéllos y ésta se enfrentaban, fue el más difícil de su vida. Inglaterra podía aducir derechos más antiguos a la lealtad —pues fue militar británico durante dos años, antes de emprender la aventura que aquí se refiere—, y su instinto le inclinaba a favor de la causa más débil, es decir, a defender a los árabes aun a costa de oponerse a los intereses expansivos del imperio británico. Y su perplejidad, su duda, se acrecentó cuando se hizo cada vez más patente que la justicia apoyaba más a los naturales de Arabia que a su patria. Cómo llegó a tal situación no se comprenderá a menos que presentemos un breve capítulo histórico y geográfico. Ante todo, se ha de entender qué significa «los árabes». No son éstos sólo los naturales de la tierra denominada Arabia: el vocablo incluye a todos los pueblos orientales que hablan el idioma árabe. Esta lengua se utiliza en un ámbito tan grande como India, situado entre una línea que forman la costa del Mediterráneo levantino, el canal de Suez y el mar Rojo, y otra línea, más al este y paralela a ella, que componen el río Eufrates y el golfo Pérsico hasta Mascate, junto al océano Indico. Este irregular paralelogramo terrestre, mucho más largo que ancho, incluye Siria, Palestina, Transjordania, Mesopotamia y toda la península arábiga. Se llama semitas, hijos de Sem, a sus pobladores. Eran primos consanguíneos antes de recibir un lenguaje religioso común, el árabe, con las conquistas de Mahoma y su Corán. El árabe, asirio, babilónico, fenicio, hebreo, arameo y siríaco, principales idiomas semíticos, están más emparentados que los del africano Cam o los del indoeuropeo Jafet. Muchos pueblos extranjeros han irrumpido, de cuando en cuando, en la tierra semita, pero no han permanecido largo tiempo en ella. La han invadido los egipcios, persas, griegos, romanos y francos (los cruzados), y sus posesiones fueron destruidas o absorbidas por los indígenas. Los semitas, a su vez, se aventuraron fuera de su suelo natal y se perdieron en el mundo exterior. Francia, España y Marruecos, por el oeste, e India, por el este, entraron en su esfera durante los días de las grandes conquistas musulmanas. Con contadas excepciones dispersas, jamás subsistieron lejos de su espacio natural sin cambiar sus índoles y costumbres. La tierra semítica tiene muchos climas y configuraciones. En occidente, una larga cadena de montes se extiende desde Alejandreta, en el norte de Siria, a través de Palestina y el país de Midián, hasta Aden, en la Arabia meridional. Su altitud media oscila entre los seiscientos y novecientos metros, tiene agua suficiente y está bien poblada. Al oriente, se halla Mesopotamia, llanura emplazada entre los ríos Eufrates y Tigris, cuyo terreno es uno de los más fértiles del globo terráqueo; y por debajo de ella, otra planicie, ésta estéril, se dilata desde al-Kuwayt, a lo largo de la parte arábiga del golfo Pérsico. En el sur, una serie de colonias, encarada con el océano Indico, soporta una población bastante numerosa. Estos bordes geográficos, provistos de agua suficiente, enmarcan una enorme desolación sedienta, gran parte de la cual todavía no se ha explorado. En su corazón, en la Arabia central, hay un gran grupo de oasis bien regados y habitados. Al sur de ellos, un gran territorio arenoso llega a las colinas pobladas que bordean el océano Indico: las caravanas no pueden transitar en él por la falta de agua, de modo que aquellas alturas meridionales quedan separadas de la historia árabe verdadera. Entre los oasis y al-Kuwayt, el límite oriental, hay un desierto de guijos, con algunas comarcas de tierra, que dificultan los viajes. Al oeste de los mismos oasis, entre ellos y los montes poblados que costean el mar Rojo, existe otro desierto de guijos y lava, de escasa arena. Al norte, tras una faja arenosa, una inmensa llanura de piedra y lava ocupa todo entre la frontera oriental de Siria y las riberas del Eufrates, en las que comienza Mesopotamia. Lawrence combatió casi siempre en estos dos últimos desiertos, el occidental y el septentrional. Los montes del oeste y las llanuras del este son las partes más activas del ámbito arábigo. Por estar más expuestas a la influencia y el comercio foráneo, tanto europeo como asiático, los árabes no son tan típicamente semíticos como los habitantes del desierto central y correspondientes oasis. Lawrence dependió sobre todo de la ayuda bélica que sus tribus le prestaron durante la rebelión; por motivos personales, ansió liberar principalmente a los árabes del desierto sirio septentrional. Ha descrito de qué manera se forman las tribus beduinas. El ángulo suboccidental de la península, al mediodía de la ciudad santa de La Meca, recibe el nombre de Yemen, de feraz suelo, famoso por su café y superpoblado. Y el exceso de población no tiene fácil salida. Al norte se halla La Meca, donde una fuerte masa de habitantes extranjeros, llegados desde todo el mundo islámico, cierra el paso celosamente. Al oeste, está el mar y, allende él, no hay sino el desierto sudanés. Al sur, se encuentra el océano Indico. El único espacio libre está a oriente. Por eso, las tribus más débiles de la frontera yemenita son rechazadas sin cesar hacia las parameras, en que la agricultura resulta cada vez más difícil, y, luego más allá, hasta que se ven obligados a convertirse en pastores. Entonces, aún más apretadas, se las envía al desierto. En él viven durante varias generaciones, hasta que se fortalecen lo suficiente para establecerse de nuevo como agricultores en Siria o Mesopotamia. Este proceso, escribe Lawrence, es la circulación natural que mantiene sanos a los árabes.