Animales

No agradó a Lawrence la idea de enviar soldados a Rabig. Contestó que no sería fácil proporcionar transporte marítimo a toda una brigada. El ejército británico no tenía regimientos totalmente musulmanes, y, de todas suertes, no sería suficiente una sola brigada. Los cañones de los barcos defenderían la playa, lo único que la brigada podría defender, y a los hombres que hubiese en ella. Por otra parte, si se enviaban soldados cristianos en defensa de la ciudad santa contra los turcos, en India se alborotarían al no entender la acción; ya había habido en ella trastornos cuando una flotilla británica bombardeó a los otomanos de Chidda. No obstante, expondría de la mejor manera posible a los ingleses de Egipto las opiniones de Abd Allah. En el ínterin, ¿se le permitiría ir a Rabig para ver cómo era el terreno y para hablar con Faysal? Éste le informaría de si se sostendría en los montes, en caso de que se le mandaran más armas y pertrechos desde Egipto. Abd Allah consintió, pero necesitaba la autorización de su padre. La obtuvo con alguna dificultad (Husayn se mostró muy suspicaz). El emir escribió a su hermano Alí pidiéndole que diese una buena montura a Lawrence y le llevase, sano y salvo, con rapidez, al campamento de Faysal. Aquella noche una banda de instrumentos de viento, de penoso aspecto, con los uniformes otomanos que Abd Allah había tomado en al-Taif, interpretó en su honor música turca y alemana. El emir confió a Lawrence sus planes para ganar la independencia: eran, simplemente, capturar a los peregrinos importantes que fuesen a La Meca y retenerlos como rehenes. Faysal se opuso. Luego preguntó a Lawrence cuántas generaciones, a partir del rey Jorge, podía contar como su linaje. El joven respondió: «Veintiséis generaciones, hasta Cedric el Sajón». (O las que fueren; he olvidado cuántas eran, pero Lawrence, desde luego, no). Abd Allah comentó que no era un número despreciable, pero, agregó con orgullo, él le ganaba por diecisiete. Claramente, no era el profeta ansiado. Al día siguiente, Lawrence navegó a Rabig y entregó la carta a Alí. Simpatizó con él. Alí era el primogénito de Husayn. Tenía treinta y siete años de edad. Agradable, bien educado, versado en literatura árabe, piadoso y concienzudo, adolecía de tuberculosis, enfermedad que le debilitaba y le volvía nervioso e irritable. Si Abd Allah no respondía a sus ideas, Alí tal vez dirigiría bien la rebelión. Acompañaba al emir su hermano Zayd, de diecinueve años, tranquilo, petulante y no muy entusiasta en cuanto a la sublevación. Le habían criado en el harén y aún no se había convertido en hombre de acción. Pero agradó a Lawrence. Era más atractivo que Alí, a quien molestaba que un cristiano, incluso con la autorización del jerife, recorriese la provincia santa; no le permitió irse hasta después del crepúsculo, para que no le viese partir del campamento alguno de sus seguidores en los que no confiaba. Guardó secreto el viaje hasta a sus esclavos, entregó a Lawrence un manto y un tocado árabes y ordenó al viejo guía, que iría con él, que desviase las preguntas y la curiosidad, y que evitase los campamentos. Los habitantes del Rabig y su distrito pertenecían a la tribu de los Harb, cuyo jefe, proturco, había escapado a la montaña cuando apareció Alí con su ejército. Le debían obediencia, y si se enteraba de la marcha de Lawrence hacia Faysal, tal vez enviara una partida para cerrarle el paso. Lawrence podía fiarse de su guía: un guía responde con su vida de la seguridad de las personas confiadas a él. En tiempo anterior, un Harb se había comprometido a llevar al explorador Huber a Medina por aquel mismo itinerario (el que seguían los peregrinos, entre Medina y La Meca), y le mató al averiguar que era cristiano. El homicida estaba seguro de que la opinión pública le excusaría, pero se mostró contraria a él a pesar del cristianismo de Huber. Desde entonces vive solo en los montes, sin amigos que le visiten, y se le ha negado la licencia para casarse con cualquier mujer de su tribu. Era un aviso para el guía de Lawrence, y para su hijo, que fue con ellos. Lawrence, que se había ablandado en los dos años de oficina en El Cairo, fue sometido a prueba por la jornada, aunque la experiencia de cabalgar un camello escogido, del género adiestrado para los príncipes árabes, fue tan nueva como grata. No los había buenos en Egipto, ni en el desierto del Sinaí, en el que los animales, fuertes e incansables, no se adiestraban bien. Viajaron toda la noche, excepto un breve alto para dormir entre la medianoche y el alba gris. Recorrieron al principio un terreno liso, de arena suave, a lo largo de la costa, entre la playa y las colinas. Al cabo de unas horas, llegaron al cauce de lo que, en la breve estación de lluvias de Arabia, se transformaba en río torrencial, un amplio campo pedregoso en el que se erguían algunos macizos de espinos y matas duras. Los camellos se sintieron más a sus anchas en él, y, bajo la luz del sol naciente, trotaron con regularidad hacia Mastura, donde se hallaba la aguada siguiente, desde Rabig, en la ruta de peregrinación. El hijo del guía abrevó a las bestias, bajando seis metros por la pared de piedra para sacar el agua con un odre, que vació en un abrevadero superficial. Cada camello apuró unos veintitrés litros de líquido, mientras Lawrence descansaba a la sombra de un arruinado muro de piedra, y el hijo fumaba un cigarrillo. Aparecieron algunos hombres de la tribu de los Harb y dieron de beber a sus camellas. El guía no les habló, porque pertenecían a un clan con el que su gente, vecina suya, habían combatido recientemente y todavía no estaban en buenos términos. Mientras Lawrence observaba, llegaron dos individuos de la parte hacia la que él se encaminaba. Ambos eran jóvenes y llevaban buenas monturas; pero uno vestía ropa de seda y pañuelo bordado en la cabeza, y el otro, su criado en apariencia, de algodón blanco y pañuelo rojo del mismo tejido. Se detuvieron junto al pozo. El más elegante se deslizó con facilidad al suelo, sin hacer que su camello se arrodillara, y ordenó a su acompañante: «Haz que beban mientras yo reposo». Fue al muro en que se recostaba Lawrence, fingiendo estar tranquilo, y le ofreció un cigarrillo recién liado. —¿Tu presencia es de Siria? —preguntó. Lawrence, para no descubrirse, repitió lo mismo, con la variante imaginable. —¿Tu presencia es de La Meca? El árabe tampoco se mostró dispuesto a hablar de sí mismo. A continuación, se representó una comedia que Lawrence no entendió hasta más tarde, gracias a las explicaciones del guía. El criado sujetó a los camellos por los ronzales en espera de que los hombres de Harb acabasen de abrevar sus bestias. —¿Qué pasa, Mustafá? —exclamó el hombre elegante—. ¡Qué beban en seguida! —No me dejan —indicó, mohino, el criado. El señor se enfureció y le golpeó la cabeza y los hombros con el látigo de montar. El agredido, entre dolido, asombrado y encorajinado, se dispuso a devolver los golpes, mas se contuvo y corrió al pozo. Los hombres de Harb quedaron consternados y le abrieron camino por piedad. Mientras daba agua a sus animales, cuchichearon: «¿Quién es?». El sirviente respondió: «Un primo del jerife de La Meca». Sus interlocutores se precipitaron a desatar fardos de hojas verdes y brotes de los espinos, y alimentaron a los camellos de señor tan honorable. Éste los miró con complacencia e invocó la bendición de Dios sobre ellos. Poco después desaparecía por el camino de La Meca, al mismo tiempo que Lawrence y sus dos compañeros arrancaban en la dirección contraria.