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Tal vez haya lectores que prefieran —¡y bienvenidos sean!— la versión de Lowell Thomas de los mismos hechos: «Llegado a Chidda, Lawrence logró obtener la autorización del gran jerife Husayn para efectuar un breve viaje en camello, tierra adentro, al campamento de Faysal, su tercer hijo, que se esforzaba por mantener encendido el fuego de la rebelión. La causa árabe parecía perdida. No había balas bastantes para que el ejército se alimentara de carne de gacela, y las tropas se veían reducidas al melancólico yantar de Juan el Bautista: langostas y miel silvestre. ”Tras un intercambio de los cumplidos orientales de rigor, tras muchas tazas de dulzón café, lo primero que Lawrence preguntó a Faysal fue: ” —¿Cuándo llegará tu ejército a Damasco? ”La pregunta disgustó claramente al emir, que miró por la entrada de la tienda a las maltrechas y sucias reliquias de la hueste paterna. ” —¡In sha-Allah! —profirió, atusándose la barba—. ¡No hay poder ni gloria sino en Allah, supremo y grande! Quiera Él mirar con favor nuestra causa. Temo que las puertas de Damasco se hallan al presente más lejos de nuestro alcance que las del paraíso. Si Allah quiere, nuestro próximo acto será atacar a la guarnición turca de Medina, donde espero liberar la tumba del profeta del poder de nuestros enemigos». VII Lawrence fue a ver a los artilleros egipcios. Los encontró desanimados. Su pueblo era muy casero, y a pesar de combatir a los turcos, sentían cierta afinidad con ellos, puesto que se hallaban entre beduinos, a los que consideraban salvajes. Los oficiales británicos les habían enseñado a ser marciales, limpios y decorosos, a plantar sus tiendas de modo ordenado y a saludar con garbo. Los árabes se reían de ellos por tales cualidades y estaban disgustados. Luego tuvo una larga entrevista con Faysal y su ayudante, Mawlud, que había sido oficial en el ejército otomano y degradado dos veces por hablar de la libertad árabe. Los ingleses le habían capturado cuando mandaba un regimiento de caballería turca en Mesopotamia. En cuanto se enteró de la rebelión del jerife, se ofreció voluntario para combatir a los otomanos y arrastró a otros oficiales, compatriotas suyos, con él. Se quejó, con frases amargas, de que se descuidara tanto a los sublevados: el jerife les enviaba treinta mil libras mensuales para gastos, pero no suficientes fusiles, municiones, cebada, arroz y harina de trigo, y carecían de ametralladoras, artillería de montaña, ayuda técnica e información. Lawrence le atajó diciendo que su visita se debía al propósito de saber y enterar a los británicos de Egipto de cuáles eran sus necesidades, pero antes tenía que conocer exactamente la marcha de la campaña. Faysal le expuso la historia de la rebelión desde el principio, como se ha referido en un capítulo anterior, y mencionó, maliciosamente, entre otros hechos, que, en la lucha contra las avanzadillas turcas, que acostumbraba cumplirse de noche porque entonces la artillería enemiga estaba a ciegas, el combate se iniciaba con maldiciones, insultos y palabrotas. La lid fraseológica llegaba al apogeo cuando los adversarios, frenéticos, llamaban ingleses a los árabes, y éstos los denominaban alemanes. No había alemanes en la provincia santa y Lawrence era el primer inglés que ponía el pie en ella; pero la injuria definitiva daba la señal para la lucha cuerpo a cuerpo. Lawrence se interesó por los proyectos de Faysal, quien le contestó que, hasta que cayera Medina, tendrían que estar en guardia, porque el enemigo se proponía sin duda alguna reconquistar La Meca. No pensaba que sus fuerzas se contentasen con defender la región montañosa, interpuesta entre Medina y Rabig, con el mero expediente de no moverse y tirotear desde las alturas. Si los turcos se movían, él lo haría también. Era partidario de atacar Medina por los cuatro lados a la vez con otros tantos contingentes de gente de las tribus, que él y sus tres hermanos encabezarían. Fuese cual fuere el resultado, el ataque interrumpiría la marcha sobre Medina y su padre tendría tiempo de armar y adiestrar tropas regulares. Porque sin tropas regulares resultaba imposible guerrear de manera continua contra los otomanos. Nadie convencería a los hombres de las tribus de que abandonasen a sus familias más de un par de meses, de vez en cuando, y no tardarían en hastiarse de la guerra, si no había ocasión de cargar en camello y saquear. Faysal habló bastante y Mawlud, que se agitaba inquieto, gritó: —No escribas un cuento para nosotros. Lo único que debe hacerse es pelear y pelear y matarlos. Dame una batería de cañones de montaña y ametralladoras, acabaré esta guerra. Hablamos y hablamos, y no hacemos nada. Faysal estaba agotado de cansancio. Con los ojos inyectados en sangre y las mejillas emocionadas, parecía mucho más viejo de lo que correspondía a sus treinta y un años de edad. No obstante, era alto, apuesto y vigoroso, de cabeza y hombros llenos de dignidad regia, y graciosos movimientos. Se daba cuenta de tales dones y, por consiguiente, gran parte de sus discursos públicos se basaban en la actitud y el ademán. Sus hombres le veneraban. No vivía más que para cumplir su tarea. Siempre abusaba de sus fuerzas. Refirieron a Lawrence que en cierta ocasión, después de un largo combate, en el que hubo de defender su persona, dirigir las cargas, dominar y estimular a sus tropas, se desplomó víctima de un acceso y hubieron de retirarle inconsciente del lugar del triunfo con espuma en los labios. A la cena de aquella noche concurrieron jeques de muchas tribus beduinas, árabes mesopotámicos y mequíes de la familia de Mahoma. Lawrence, que no había revelado quién era sino a Faysal y Mawlud, habló en la lengua arábiga de Siria e introdujo temas de conversación que, por ser excitantes, soltarían las lenguas de los reunidos y sabría qué pensaban. Deseaba comprobar su valentía sin pérdida de tiempo. Faysal, que fumaba un cigarrillo tras otro, dominó la discusión incluso en los instantes de mayor acaloramiento y, sin parecerlo, se impuso a los oradores. Lawrence habló con pesar de los sirios ejecutados por los turcos por predicar la libertad. Los jeques replicaron sin morderse la lengua: les había estado bien empleado por intrigar con los franceses e ingleses. Si los turcos hubiesen sido derrotados, habrían aceptado a los británicos o los franceses en su lugar. Faysal sonrió, casi guiñó el ojo al joven, y declaró que, bien que se enorgullecerían de aliarse con los ingleses, los árabes tenían miedo de una amistad tan poderosa, que podía ahogarlos a fuerza de atenciones. Lawrence contó entonces que el hijo del guía, durante la jornada desde Rabig, se había quejado de los marineros británicos que había en aquella ciudad. Bajaban a tierra a diario. Pronto, afirmó el muchacho, pasarían la noche en ella, se establecerían y se adueñarían de todo el país. Después se refirió a los millones de ingleses que combatían en Francia, sin que los franceses temieran que se quedasen para siempre. (En realidad, aquello no era exacto: los aldeanos de Francia sentían el mismo temor; pero Lawrence no había luchado en aquella nación). El hijo del guía le preguntó con desdén si se atrevía a comparar Francia con la provincia santa.