1915

Trató de incorporarse a un curso de adiestramiento de oficiales, celebrado en Oxford, y no lo consiguió. Repitió el intento en Londres con idéntico resultado. Se ha dicho sin razón que se le clasificó como «por debajo del nivel físico imprescindible para combatir»: sería algo increíble. Tal vez el único inglés de su tamaño, igual a él en fuerza muscular y resistencia fuera Jimmy Wilder, púgil del peso mosca, campeón del mundo, que no sólo venció a todos los oponentes de su peso, sino durante años no pudieron vencerle boxeadores que pesaban seis kilogramos y medio más que él. Se declaró a Wilder inútil para el servicio por su «físico emaciado». En lo que le respecta, Lawrence fue rechazado por una plétora temporal de reclutas. El doctor Hogarth se enteró de la desorientación del joven y obtuvo una semana de pruebas, como favor personal, del coronel Hedley, jefe del departamento geográfico del estado mayor en Whitehall. Veintiún días más tarde, Hogarth encontró a Hedley. —¿Le ha sido útil Lawrence? —preguntó. —Ahora dirige toda la sección en mi nombre —respondió lacónicamente el coronel. Competía a Lawrence trazar mapas de Bélgica, Francia y el Sinaí. Cuatro meses después, Turquía entró en la contienda y lord Kitchener ordenó que todos los miembros de la expedición al Sinaí de 1913-1914 fuesen enviados en seguida a Egipto, donde sus conocimientos tal vez resultasen útiles en vista de una posible invasión otomana de aquel país. El general Maxwell telegrafió que no los necesitaban. Kitchener cablegrafió que ya estaban en camino. En El Cairo, como era de esperar, Lawrence se incorporó al Departamento Cartográfico Militar del Servicio de Inteligencia, donde una vez más se notó su presencia. Conocía ciertas regiones de Siria y Mesopotamia mejor que los propios turcos. Al mismo tiempo, fue nombrado capitán de información en el cuartel general de Egipto. Se le encargó de notificar de modo periódico al estado mayor general la posición de distintas divisiones y cuerpos más reducidos del ejército otomano: los espías y prisioneros, hechos en diversos frentes, suministraban la información. Aunque se reconociese su valor, no gozaba del aprecio de los oficiales superiores, sobre todo entre los recién llegados de Inglaterra, los cuales dudaban que un civil como él estuviera calificado para discutir cuestiones militares. Molestó, por ejemplo, que interrumpiera a dos generales que discutían los movimientos de tropas turcas de Tal Lugar a Tal Otro, con estas palabras: —¡Tonterías! No pueden salvar esa distancia ni en el doble del tiempo que ustedes les conceden. Los caminos son pésimos y no hay transporte local. Encima, el oficial que los manda es un tipo muy perezoso. Tampoco estimulaba el aprecio el hecho de que fuera sin correaje, con zapatos de charol, y sin los calcetines y la corbata reglamentarios. Además, sus informes no se redactaban en el estilo consagrado. El manual del Ministerio de la Guerra sobre el ejército otomano, que codirigió durante catorce ediciones, contuvo comentarios por el estilo de «El general Abd al-Mahmud, jefe de la división…, es medio albanés y está tísico; capaz y artillero experto; pero es un bribón vicioso y aceptará sobornos». Estos comentarios ad hominem se consideraban innecesarios, porque la teoría rezaba que los oficiales enemigos de los británicos eran hombres caballerosos y merecedores de todo género de cortesía. La objeción a comentarios tan «eruditos» creció cuando hicieron una comparación entre el nuevo movimiento de los boy-scouts turco y el cuerpo de pajes que había en Egipto en el período de los jenízaros. Desagradó al estado mayor, que sospechó se trataba de una broma. Otra tarea de Lawrence era interrogar a los sospechosos; podía decir al punto, reparando en detalles intrascendentes de la indumentaria y el dialecto que hablaba, quién era un individuo y de dónde procedía. Bastarán dos ejemplos comprobados. Un malhechor muy feo fue prendido en el canal de Suez por la sospecha de que espiaba. Afirmó que era sirio. Lawrence, dominando su aversión de mirar a alguien a la cara, dijo: «Miente. Fíjense en sus ojillos de cerdo. Este sujeto es un buhonero egipcio». Le habló en su jerga y el hombre confesó quién era. En otra ocasión, bastante posterior, cuando Lawrence había refinado mucho sus observaciones, llegó un árabe apuesto portador de información. El compañero de Lawrence dijo: «Un beduino auténtico viene a verte». A lo que el joven repuso: «No, no anda ni se porta como los beduinos. Es un agricultor árabe de Siria, que vive bajo la protección de la tribu de los Banu Sajr». Y acertó. En 1915, El Cairo se llenó de generales y coroneles sin otra ocupación que la de enviar mensajes innecesarios y meterse entre los pies de las pocas personas que hacían trabajo útil. Parecía una ópera bufa. Se juntaron en Egipto, con la oficialidad al completo, nada menos que tres estados mayores, y les fue imposible certificar dónde empezaban y concluían sus deberes. Se repetía en el ejército una parodia maliciosa de un antiguo credo cristiano egipcio, en la que figuraba la frase «Y, con todo, no hay tres Incompetentes, sino uno Solo». Tenemos un vislumbre íntimo de Lawrence en 1915: un pequeño y sonriente subteniente, de pelo de longitud antimilitar y sin cinto, atisbando desde detrás de un biombo del Savoy Hotel, con otro colega, tan poco militar como él, mientras contaban: «Uno, dos, tres, cuatro». Enumeraban generales. Se le celebraba en la sala de conferencias sólo de jefes de su rango. Su colega me ha jurado que Lawrence contó sesenta y cinco, y él sólo sesenta y cuatro: tal vez un brigadier se había movido.